jueves, junio 07, 2007
Mis condolencias
Salí. Tenía que hacer unos pagos. Tenía que ir a un velorio. Tenía que comer. Ninguna de esas cosas las iba a conseguir quedándome en casa, y tampoco estaba escribiendo nada, así que no valía la pena posponerlas. Desperdicié cuarenta y siete minutos haciendo fila, para un trámite absolutamente ridículo que, me fijaba, bien podía haber hecho el lunes. Pero lo hice. Traté de consolarme pensando que era tiempo ahorrado en la oficina.
Recién cuando el taxi se iba acercando a mi siguiente destino, las salas de velación, caí en cuenta de que no tenía cambio para pagar al taxista, y de que me había puesto una camiseta rosada. Para un velorio. ¿En qué cabeza? Ahora tendría que fingir que no me mortificaba poner al conductor a buscar la manera de cobrar su cuenta de un billete grande (siempre he odiado incomodar a los demás), y encima iba a aparecerme en el velorio de la abuela de una amiga en la ropa de todos los días. No había pensado en eso.
Pensé en Raquel, que va a donde quiere como le da la gana, y nunca se siente mal por eso. Que fue al propio entierro de su padre en jeans y camiseta, lo primero que encontró… Lo importante era estar donde quieres, dice ella, cuando trata de quitarme esas ideas sobre lo que es apropiado y lo que no.
Pagué sin mirar a la cara al chofer, que se demoró en darme el cambio pero no me dijo nada. Busqué la sala correcta, un punto rosado en un mar de negros, blancos y beiges, y entré.
Casi no había nadie. Mi amiga no estaba, y a su familia no la conocía. En realidad somos compañeras de oficina, y nos conocemos relativamente poco. Pero es muy expresiva, siempre quiere saber cosas de ti e invitarte a salir, y como nadie más de la oficina vendría, simplemente pensé… A veces tengo ese tipo de ideas extrañas, de quedarme a arreglar los desperfectos que dejan los otros, como una especie de disculpa individual por el comportamiento colectivo, y me arrepiento cuando me doy cuenta que pude haber zafado, como todos los demás. Así soy.
Me senté al final de la sala, en una de esas bancas que tienen múltiples usos, como arrodillarse, puede ser, y guardar los libros de oraciones. Como en las iglesias. Me quedé un momento con las manos cruzadas, en silencio. No deseaba acercarme a la difunta. Eso es para los familiares. Quería que mi amiga llegara, y me reprochaba por no haberla llamado antes de ir. Ahora no podía hacerlo, empezar una conversación telefónica en ese silencio, no estaba bien.
Cinco, diez, quince. Debía hacer algo. Sacar los audífonos era irrespetuoso. Ponerme a dibujar, hubiese sido demasiado vistoso. ¿Escribir?
Busqué el cuaderno y un lápiz. Y empecé. Y encontré ayuda en las pocas caras silenciosas de la sala, y en la dureza del asiento, y en la agonía de las flores que se estaban muriendo para acompañar a la dama del cajón, y en el piso frío y las paredes sin adornos. De repente ya no los necesité más y me quedé sola, sola, hasta que levanté la mirada del cuaderno, buscando un poco de aire.
Ya no estaba sola. Había mucha más gente, y sus rezos me aterraron, como quien se duerme y se despierta para encontrar que una inmensa colmena ha anidado alrededor de su cama.
Mi amiga estaba de pie, junto al féretro. Me acerqué. Le di mis condolencias. Me fui casi con pesar, con la sensación de que todas aquellas personas me habían quitado algo. Mi espacio.
Cuatro días más. Y no pude volver a escribir una palabra. En todo ese tiempo, una idea se paseaba por enfrente de mí, me sacaba la lengua y volvía a desvanecerse. Debía volver. No iba a encontrar en ninguna parte esa epifanía, esa aura.
No le haría daño a nadie. Me sentaría nada más en las horas en que hay pocas visitas, y mientras tanto le estaría haciendo compañía al difunto. Pero, ¿un muerto desconocido? ¿Y si me descubrían? ¿Y si alguien me preguntaba qué estaba haciendo allí? ¿Qué excusa iba a poner?
Necesitaba volver, esa era la cuestión, y por eso, cuando al siguiente viernes me avisaron por la noche que la tía de alguien había fallecido, sentí que me despegaba unos centímetros del suelo. ¡Hela allí! La oportunidad que había estado esperando, y venía sola, sin necesidad de inventarme nada, una coartada perfecta.
El sábado estuve allí más temprano que la vez anterior. Dieciséis hermosas páginas. Hay quienes tienen esto de escribir fluido como sea y donde sea, y lamentan continuamente la ausencia de un soporte. Yo no. Tengo que entrar en ambiente. Y había encontrado el mío.
Empecé a fijarme en los obituarios. Quizá gente conocida, o parientes de gente conocida, estaba muriéndose en mi misma ciudad, y escapándose de mi recién descubierta afición. Y es cierto que, basta con que una cosa cobre especial significado para ti, para que acabes viéndola en todas partes. Antes, yo hubiera dicho que en mi entorno la gente se moría cada lustro. Ahora, siempre se estaban muriendo los tíos de alguien. Personas a veces sin más importancia en mi vida que un hola ocasional, es cierto. Pero conocidos. Tenía perfecta justificación que pasara a saludarlos, aunque a algunos, es verdad, no los viera: llegaba yo tan temprano.
No me di cuenta de cuánto dependía yo de mi funeral de los sábados hasta el día en que no encontré excusa para salir de mi casa el sábado por la mañana. Tuve que replantearme el escoger un difunto al azar.
Lo intenté.
Fue un desastre. Yo sabía que no conocía a nadie. Sabía que alguien podía acercárseme en cualquier momento a preguntarme quién era yo. Me hacía falta la ligera seguridad de poder decir, soy amiga de fulana, ¿sabrá usted a qué hora llega?, la estoy esperando.
Salí corriendo de las dos salas en que traté. Y comencé a decaer. No podía escribir nada, otra vez, y me había acostumbrado a mi ejercicio de fines de semana, y a ver luego todo en creciente montón, y en pensar a quién podría mostrárselo. Me encontré deseando que se muriera alguien, quien fuera, con tal de que existiera algún esmirriado alambre que lo ligara de una manera u otra a mí. Y de preferencia, que fuera en fin de semana.
Esa semana, cuando nuestro jefe tuvo un ataque cardiaco en plena oficina, creí que era el momento adecuado para asustarme.
Pasé toda la mañana de un jueves, demasiado rodeada de caras familiares, escribiendo a escondidas, interrumpiéndome cada vez que se me acercaba alguien conocido. Entonces entendí que, aunque la inspiración aparecía igual en esos momentos, no me convenía que gente muy cercana o muy popular se muriera. Podrían descubrirme. Me había convertido en una dependiente de casos de defunción selectos. Había encontrado un perfil. No podía perderlo. Y de repente, di con la solución.
Me doy cuenta, en el fondo, en alguna esquina sin luz ni limpieza frecuente, de que algo no está bien en mi forma de operar. Pero todo lo demás es tan importante, que pronto ahoga ese pensamiento. Cómo lograr que mis condiciones se cumplan, es mi objetivo. No muy conocidos, no desconocidos. La conclusión, por extraña que parezca, es simple. Necesito hacer más amigos.
lunes, marzo 12, 2007
Créditos
Cedeño cantaba, aplaudía y reía con los demás. Bicho inepto. Estaba bronceado, sin duda del sol de las Baleares, del maldito premio que se había ganado después de haberle suplicado que lo ayudara con un par de fotografías que no había tenido tiempo de hacer. "Maldonado me tiene con la soga al cuello, hermano, hazme ese favor. Tú sabes que le quedé mal en ese viaje al Oriente, y que con todo el man me apoyó frente al director. No le puedo volver a hacer eso, y no puedo regresarme hoy a la planta. Te juro que no pasa de esta vez. Ayúdame."
Y él, bien idiota, le había pasado las imágenes del reportaje de las casas demolidas que estaba preparando para el siguiente mes. Imágenes que Cedeño había utilizado para aplacar al jefe de fotografía. Imágenes que el director había dicho que no estaban mal. Y que le habían ganado un premio de la Asociación de Fotógrafos, y el viaje ese, y no se qué reconocimiento de los del Patrimonio Cultural, que hasta las habían utilizado para hacer unas vallas enormes que ahora se le plantaban en cada semáforo y se le reían a la cara, y le decían bien clarito que era un imbécil certificado.
Si esperaba que el sinvergüenza de Cedeño se apareciera a decir mínimo que lo sentía, que gracias, que qué casualidad, era demasiado. Sentadote ahí comiendo torta, haciéndose el loco, recibiendo halagos. Hablando -es que era de lo peor, daban ganas de sacarle los ojos con el tenedor de plástico- de cómo se había encontrado, de repente, con una de esas casas que parecían una calavera a la que le han quitado hasta los dientes, y que le había conmovido tanto.
No había podido dejar de leer cada una de las entrevistas que le habían hecho. Describir una a una las fotografías. Y preguntarse cómo era posible que no se diera cuenta nadie de que estaba mintiendo. Que a Cedeño por mucho que tratara de componerse y estar natural, se le notaba la mentira en la tirantez de los músculos de la cara, porque cada frase inventada la decía en un tono diferente a su tono fresco diario.
Cedeño no iba a confesar nunca, ni aunque le arrancaran las muelas. Y él tampoco. No sabía que era peor, aguantarse ahí toda la rabia cada vez que alguien cantaba loas al impostor, o que se supiera que había sido tan mamerto para entregarle su trabajo a Cedeño, famoso por la viveza y la falta de constancia. No le cabía duda que ahí sí marchaban foto, trabajo y premios, y que ninguno de los dos viviría tanto como para olvidar la desgracia.
¿Valía la pena? Aún mientras se hacía esa pregunta, sabía que le faltaba coraje, que no se atrevería a hacer nada. Que Cedeño se saldría con la suya, y que él tendría que comerse el resentimiento a solas, y toparse todos los días con él y su sonrisa burlona, justo como ahora que... ahora que intercambiaba sonrisas con Magdalena.
Cedeño tenía esposa y tres hijos. Y problemas fresquitos y viejos. Sara. Tatiana. Tania.
Verita el de mensajería estaba pidiendo fotos. No pudo evitar levantar la mano y pedir la cámara, y entre risas invitar a todos a acercarse, más juntos que no entran en cuadro, y Cedeño al lado de Magdalena, y qué mala suerte, hermano, pero tú sabes que esas cosas pasan.
lunes, enero 08, 2007
A metaphore
Maybe that's why some friends of mine prefere not to wrap my presents. At least, that's what I think. They come to me openly, and give me what they want to give, and they won't waste time saying things like, how did you like it? Sometimes they'll say, what did you like most about it? What did it make you think? Lend it to me ASAP! Sometimes they'll just wait for me to talk. Sometimes, I won't need to say a word.
I have a vivid memory of all the people that has come to me unwrapped (we are being metaphorical, just so you remember). No presentation cards, no social backgrounds, not feigned enthusiasm. People who hung around freely, for who I was.
Once upon a time, I was busy thinking what would be the perfect package to hide my true self on. And then I got bored, and sticked to being just me. And even though I could see all the flaws and dark spots and blurred zones on my skin, it was fine with me.
It's appealing, the life as a non-wrapped present. I'm not saying the paper-ripping part must be fun for you, by the way. What I'm saying is: get off the damn paper and kick it out. Enjoy yourself. Get a good tan. And laugh at life in the face.
Leyenda urbana
No había patio en la casa de Selene. La casa de Selene era un baño, una cocina, y una habitación que servía de dormitorio, y de comedor, y de sala. Cosas que no había previsto cuando le prometió a su tía que ya estaba lista para empezar por su cuenta en una ciudad que no era la suya. Luego, resultó que en la casa de Selene tampoco hubo platos, ni cubiertos, y hubo que comprar comida para llevar durante un buen tiempo.
Cosas que su tía tampoco le dijo.
Y ahora, la mesa multiusos, en la que apenas entraba el tablero de dibujo con mucha buena voluntad, estaba ocupada en su mayor parte por un plácido vegetal, ignorante por completo de su próximo destino. El basurero.
Selene volvió a toda prisa de la facultad, pretextando que ya quería irse a dormir, esperando que todo mundo se fuera rápido, para bajar de inmediato y dejar el zapallo en el contenedor de basura sin que nadie se diera cuenta. Le horrorizaba la idea de que cayera alguno de sus compañeros de la universidad y encontrara eso ahí, y empezaran a hacer preguntas.
El asunto había empezado de forma bastante inocente. Primero habían sido flores. A nadie le molestan demasiado, las flores. Además, si no te gustan mucho, unos cuantos días y ya están marchitas y sin ningún remordimiento puedes deshacerte de ellas. Pero ¿qué hacer cuando a tu puerta aparece una canasta de mandarinas? ¿Un cestito con mangos? ¿Una fundita de grosellas?
Si uno es uno conejo, una tortuga, o un bicho de esos que no tiene mayores contemplaciones sociales o sentimentales, acepta el regalo de buen grado. Pero si uno resulta ser una preuniversitaria recién llegada de provincia de la cual se resulta enamorando el jardinero del edificio para estudiantes donde vive, es mejor evitarse el cuestionamiento público. A grandes males, grandes remedios. Adiós, zapallo.
En su casa, a la tía se le hubiesen hinchado las venas de la frente de solo pensar en el despercidio de comida. Hay gente, Selene, que aunque tú no lo creas ni lo hayas visto nunca, no tiene qué comer. Y hay gente, querida tía, que no dejaría que olvidara esto nunca jamás.
No es nada personal, señor zapallo. Es solo que, la vida está hecha de eso. De sacrificios. Pude compartir las grosellas, y las mandarinas y los mangos con la gente. Decir que los enviaba mi tía y eso fue fácil. Es curioso, pero ellos no saben cuando estoy mintiendo, y eso no me hace sentir muy bien. Ahora, ¿qué digo? ¿Qué tía le manda un zapallo de regalo a su sobrina, cuando esta no tiene ni un horno para hacer pasteles en su casa?
Mejor esperar a que no hubiera nadie. Selene se durmió un par de horas, y al despertar, silencio. Era tiempo.
Caminó con el zapallo envuelto en papel de periódicos a través del estacionamiento, levantó la tapa del contenedor y dejó caer su regalo. Ni un alma -consciente, al menos- a la vista en el campus. Por la mañana, todo estaría en orden. El eficiente equipo de mantenimiento llegaría a separar los despojos de la fiesta.
Despojos plásticos, que Selene apartó de una patada.
Despojos de vidrio, que cuidadosamente evitó.
Despojos humanos, que no vio a tiempo, con los que tropezó, y sobre los que dejó caer -¡poc!- su cargamento. Alguien se quejó, Selene gritó, se levantó, volvió a caer, y sacando de tripas corazón corrió sin ningún miramiento a la hora ni al caído, de vuelta a la seguridad de su minihogar.
lunes, diciembre 11, 2006
Peatonal
Se esperaba que los del 303, que tenían tres autos y un pariente importante en la municipalidad, se quejaran. Ahora debían dar todo un rodeo para llegar hasta su garaje. En cambio, aunque pusieron mala cara, no dijeron ni media palabra. Dejaron el escenario a cargo de las señoras de los negocios, la tienda de ropa de niños y vestidos de novia, la pastelería, el salón de belleza, que juraron que la nueva disposición las perjudicaba, y pegaron pancartas en las vitrinas de sus pequeños locales.
Sin embargo, la modificación procedió porque la municipalidad tuvo el apoyo de al menos uno de los vecinos. Las hermanas del colegio de niñas, que ocupaba media manzana, dijeron que estaba muy bien, que eso era zona escolar y así estarían las estudiantes más seguras, y firmaron el documento que les fue presentado, con lo que hubo argumento suficiente.
Las hermanas, que habían sido un referente en el barrio, se convirtieron de este modo en el enemigo. El resentimiento fue grande.
La costurera se negó a hacer más trajes de escolares. La pastelería se negó a seguir proveyendo a las hermanas. Ni el salón de belleza ni los vestidos de novia pudieron hacer amenazas, así que pronto desistieron a la causa. Por supuesto, los uniformes se hicieron en otro lado, y las compras de panes y pasteles también; pero desde ese momento, la línea blanca que señalaba la división entre los dos carriles -y que en una peatonal resultaba prácticamente inútil-, se convirtió en la muralla del barrio. Ni las monjas ni las estudiantes pudieron cruzar sin sentir hostilidad.
Lo curioso es que nadie lo dijo. Nunca salió en ninguna conversación. No hubo declaraciones de guerra, simplemente los unos asumieron que los otros tomarían alguna represalia. Y así fue. Entre la gente que se conoce mucho a fuerza de costumbre, suele suceder que asumen que los demás harán tal o cual cosa, y aunque esto parezca tener un buen margen de error, en realidad no se está poniendo en juego casi nada, porque a su vez el otro sabe lo que se estará esperando de él, y por orgullo actuará en consecuencia.
Las monjas tampoco compraron nada más en esos negocios, ni lo intentaron siquiera. Las jóvenes percibieron esto, y evitaron en lo sucesivo cruzar la calle. La modista dejó de comprar tela a cuadros amarillos y verdes. La pastelera dejó de preparar el helado que las estudiantes consumían en la tarde.
Cuando el municipio volvió a la carga, siete meses después, para poner un parterre en mitad de la calle y adornarlo con palmeras, nadie dijo nada. Se obtuvo todas las firmas, incluso cuando más ya no eran necesarias, y a pesar de que no es una planta nativa, y por lo tanto no llegaron más que a la mitad de su tamaño natural, y no dieron más que unas cuantas hojas amarillentas, contribuyeron a reforzar una ilusión óptica: cada cual ve su lado de la calle como el único, y detrás de esos árboles puede bien haber un muro, o el fin del mundo, o un espejo, igual da lo mismo porque nadie se acuerda de volver hacia allá la mirada.
lunes, diciembre 04, 2006
A casa
- Veinte años, al quince por ciento.
- ¿Quince?
- Señor Guardia, acuérdese que no me está presentando la documentación completa... Ambos nos estamos haciendo un favor.
Constanza lo estaba esperando afuera, de pie. No le habían dejado ni una silla para sentarse. Luego tenían que irse derechito al hospital porque a Valentín no se lo podía dejar mucho tiempo solo.
- Mire, este tipo de inmuebles generalmente no entran a consideración, mal ubicado, apenas construido...
Les había costado catorce años construir esa casa. Les iba a tomar veinte volverla a recuperar.
- Ni siquiera le estoy pidiendo un garante. Ahora que, si no le conviene, bien puede buscar dónde le acepten una hipoteca en esas condiciones.
Salieron y llamó un taxi. Mandó a Constanza de vuelta al hospital, con la parte del dinero adelantada. Pensó en regresarse a pie hasta la casa. Pero no llegó más allá de seis o siete cuadras. De repente no tenía sentido avanzar, retroceder, fijarse o no en la luz roja, la luz verde. Pesaba mirar al frente. Ni parpadear era necesario, mirando al borde de la calle.
Había mucho tráfico. Valentín y Constanza esperaban en el hospital. Notó que empezaba a mirarlo la gente.
lunes, noviembre 20, 2006
exequias
Los sobrinos miraban el techo, miraban las flores, miraban el suelo, todo menos mirarse entre ellos o a otros, porque evidentemente, se esperaba que fueran ellos los que se pronunciaran. No el viejo don Mario, que quién sabe qué mecanismos tendría que emplear para conseguir el dinero y terminar de pagar el alquiler de aquel espacio. La alimentación de la gente la había cubierto él. Las flores y la música las había pagado él. (Los sobrinos se habían quejado que el mariachi había sido de muy mal gusto). Solo faltaba que el resto de la ceremonia lo terminara pagando don Mario.
Las tías, que permanecían sentadas juntas, afanándose una a una las flores de los arreglos y escondiéndolas en sus bolsos con aroma a alcanfor, miraban en derredor con desconfianza, y murmuraban lo sospechoso que era que un amigo se preocupara tanto por otro, después de tantos años. Que don Mario siempre les había parecido un poco raro. Más que un poco. Rarísimo. No era posible. Que se interesara en esos detalles cuando ya era tan viejo que no le quedaba más que pensar en símismo. O al menos eso decían las tías, no tan viejas pero muy pendientes cada cual de sus propios asuntos. Lo que era, sin embargo, extraño, es que a ninguna de ellas le pareciera fuera de sitio que alguien que no fuera de la familia estuviera haciendo el gasto, mientras que la sangre joven rondaba en torno a la puerta, con las llaves en la mano, lista para irse a la primera señal de que podían hacerlo.
Solo faltaba don Mario.
Pero don Mario no apareció. Y dieron las doce, y el administrador se acercó a intentar llamar la atención de alguno de los sobrinos. Y dieron las tres, y los menos disimulados se despidieron. Y dieron las cinco, y los nervios de la familia ya no podían más, ¿dónde estaba ese viejo irresponsable?
Veinte antes de las siete, los de la Junta vinieron a decir que, a menos que cancelaran todo y un extra, la sala tenía que ser desocupada para alojar otro funeral. Las tías se morían de vergüenza. Los sobrinos, discutiendo cuánto le tocaba a cada uno, empezaron sudar frío. Cuatro muchachos de camisa blanca y corbatas azules fueron a desmontar el féretro.
Alguien notó que estaba ligero, el muertito.
En el cementerio general, don Mario observaba mientras terminaban de pintar las letras y la fecha en la lápida. Empezaba a soplar el viento, y el pelo que llevaba un poco largo le hizo cosquillas en la cara, y se acordó de algo, y rió un poco.
(En realidad, diremos que pensó, que nunca le había dado la dirección de la bóveda a los sobrinos.)
lunes, noviembre 13, 2006
Freda
Es capricho de la señora Tai el salir con Freda todas las mañanas, y exhibirla ante vitrinas, ventanas, puertas y contenedores de basura, y ofenderse ante los comentarios de los vecinos que le preguntan: ¿cuánto por la gallinita?
Freda no sabe porqué es tan apreciada, pero de algún modo lo percibe. Sabe que la cuidan, sabe que le despluman las alas cada quincena, sabe que no puede comer semillas que no le sean ofrecidas por su dueña. Siente que la miran, y a su vez juega a no mirar nada, ni siquiera a Marcuccio, el perro de la sastrería que la escruta pero no le ladra. No es una gallina curiosa, si los ojos están a los lados es una cuestión puramente práctica. Los lleva entrecerrados en actitud lánguida.
Mientras tanto, los Muchachos de la Esquina lanzan apuestas, urden planes y ofertan premios al que consiga robársela.
No es misterio para nadie que, cuando la señora Tai entra a la farmacia, debe dejar a Freda atada a la puertita, porque el boticario le prohíbe entrarla. La señora Tai compra con un ojo en el mostrador y otro en la puerta, y Freda finge no notarla.
Los Muchachos de la Esquina ya han inventado una veintena de formas de guisarla.
Freda gorda, Freda alada, Freda blanca.
Pero ese día, que llega el camión verde verde, y los Muchachos se desbandan, y el boticario corre, y todos muestran documentos, y la señora Tai sale a la calle sin fijarse en nada, Freda se queda sola, y parpadea extrañada de que nadie esté ahí para mirarla. Luego, se calma.
Un papeleo, tres arrestos, y siete llantos después, la señora Tai llama a su Freda en vano. Los Muchachos cruzan los dedos, cruzan la calle, cruzan la cuadra, cruzan por nada.
(Marcuccio no sabe guisar, pero eso no importa. Freda gorda, Freda Freda, Freda blanca.)
lunes, noviembre 06, 2006
coincidencias
A Veruca Triana no le gustan los viajes largos. Sabe que tendrá que aguantar seis o siete horas en aquel bus, al lado de un completo desconocido, quizá una de esas personas que se duermen enseguida y terminan apoyándose en su hombro. Cuán desagradable.
Llega temprano, cuando el bus está vacío, para asegurarse un asiento que le parezca menos incómodo. No le gusta ir junto a la ventanilla, la marea mirar por la ventana y se siente atrapada si hay alguien entre ella y el pasillo. Deja sus cosas y vuelve a bajar del bus. Cuando regresa, hay alguien ya ubicado en el asiento al lado del suyo. Es una jovencita, le parece. Tendrá la edad de sus hijos. O menos. ¿Qué hace ahí sola?
No está sola, o al menos no tanto. Dos chicas le hacen señas al otro lado del pasillo. Le dan una botella de agua y le piden algo. Ella se niega y mira por la ventana. Veruca Triana no la culpa, se siente bastante mal estar en medio de la conversación. Espera que la chica no quiera hablar. No soporta a los extraños que empiezan a hablarte como si te conocieran.
La chica no habla. Se muerde las uñas y apoya la cabeza en la ventana. Tampoco se duerme. Lleva en las rodillas su mochila y un paquete de dulces. A Virginia también le gusta comer así, dulces, como a una niña pequeña. Pero Virginia es bastante más alta y delgada que esta muchacha. Y tiene el rostro más duro.
- Yo casi no voy a pasar en la casa, así que avisa cuando vayas a regresar.
Esas fueron las últimas palabras de su hija. No le ha avisado nada, por supuesto. Se pregunta dónde podrá estar. Pero de ahí no pasa, un interrogatorio a Virginia es la cosa más estéril.
La chica tiene unos brazos redondos, de piel lisa. Veruca mira sus propios brazos, delgados y llenos de pecas, y su propia piel le parece de repente tan frágil. Nunca hubiera utilizado esa palabra para hablar de sí misma. Se está volviendo frágil. Y neurótica. Virginia será un día como ella, probablemente. Una mujer mayor, hostil, desconfiada.
En el asiento de adelante al de la chica se apoyan dos manos diminutas, y luego aparece la cabeza de un niño. Veruca mira al nene, que le saca la lengua. La chica mira al niño, pero no le sonríe. El niño le sostiene la mirada. La chica abre el paquete y saca unas galletas que ofrece al niño, solo con un movimiento de cabeza. El niño asiente y toma las galletas. La mamá del niño, una mujer joven, aparece también y le indica a su hijo que diga gracias. Le sonríe a la chica, y entonces esta sonríe de vuelta. De improviso, se gira hacia Veruca y le presenta las galletas. A Veruca le sienta como si, mientras viera una película, los actores se volvieran para dirigirse a ella. Toma las galletas por inercia y recién cuando la chica ha vuelto a su ventana, con los restos de la sonrisa como olvidados en la cara, se acuerda de decir gracias.
Ahora que la ha visto a los ojos, Veruca Triana calcula que la chica debe tener la misma edad de Virginia. Solo que esta nena se vuelve y le sonríe, como la flaca nunca ha hecho en su vida. Su hija solo le sonríe a la cámara.
Veruca Triana se siente extraña, se palpa la cara y se da cuenta que está llorando, y se mira las manos mojadas como si fuera de sangre. Aunque la chica no está mirando, Veruca vuelve la cara hacia el pasillo para esconder las lágrimas.
martes, octubre 31, 2006
homónimo
No sé, pero no se siente muy bien ser yo ahora. Duele. Quien quiera que sea yo, cualquiera que sea mi nombre, lo último que quiero es recordarlo. Era mejor cuando todo estaba oscuro y no tenía que pensar, solo flotaba en un espacio distinto a este, ajeno al frío y al dolor.
No me interesa quién soy.
(La identidad es un derecho irrevocable de los seres humanos. Copien eso y mañana lo traen cien veces escrito.)
Quiero volver a la inconsciencia. Donde estaba antes de que me despertaran con esto que es… ¿agua? ¿Era así como se sentía el agua?
(No me ha gustado nunca mucho el mar. Pero estas vacaciones van siendo buenas, ¿no, Melissa?)
La luz se ha convertido en una experiencia insufrible. Al principio me angustié pensando en la última vez que había visto la luz del sol, en mi familia, en el mundo allá afuera. Ahora me repugna cada vez que encienden la única luz de este lugar y me obligan a estar de frente a ella y a hacer memoria y a mirar, aborrezco quien yo era, lo que hacía, lo que pensaba y lo que amaba.
(Que se lleve a los niños. Que Melissa se lleve a los niños. Están llorando y no quiero que vean esto, ¡que se los lleve, que no me vean así!)
Me prometen, creen que me alegran al avisarme que si hablo van a dejarme salir de aquí. No quiero. No quiero volver a la luz nunca más. ¿Qué voy a hacer yo de vuelta? ¿Voy a recuperarme y a volver a mi antigua vida? Me dominan las náuseas de creer que pueda pasar, y solo quiero que acaben lo más pronto posible. Cuando llegaron a buscarme, cuando dijeron que iban a matarme, sé que tuve miedo, sé que me resistí. Como sé que me resistiría ahora con todo lo que me queda de fuerzas si intentaran de repente dejarme ir y devolverme a lo que yo era. Nadie puede volver a ser un padre, un jugador de ajedrez, un profesor de niños de escuela, no soporto pensar en esas cosas, tiza y pizarra, piezas de madera, cuentas que entonces estaba orgulloso de pagar… No tengo las respuestas que quieren, no sé de qué me hablan, no tengo fuerzas para inventar. Quiero dejarme ir, pero no me lo permiten. No conozco nada mejor que cuando se cansan de golpearme y se van, y recupero la nada, mi nada.
…
Vamos a sacarlo de aquí, ¿me oye? -es la voz del tipo de siempre, pero tiene algo que la hace menos convincente que antes.
–Le digo que puede irse.
Se ha arrodillado junto a mí y puedo ver las puntas de sus botas. No pienso moverme.
- Tiene que pasar por un papeleo, porque resulta que ha sido todo problema de homónimos, pero de haber sabido…
- Tenía que habernos explicado. ¿Por qué no nos dijo que no sabía nada?
Creo que me he vuelto loco. ¿Se puede volver a vivir después de ser un homónimo? No recuerdo haber sentido nunca tantas ganas de reírme.
belleza
Ustedes no entienden. Es verdad que le dije que le haría un retrato, pero no pensé que iba a costarme tanto. Necesitaba tenerla aquí, pero se rehusó a venir y a modelar. Me dio unas fotos. ¡Pero yo no necesitaba fotos! Necesitaba verla, oírla, un retrato es más que imagen, es sintetizar el aura de esa persona, su ritmo de respiración, los cambios de ánimo, ¡no soy cualquier retratista de parque! Usted sabe que acabo de ganar un premio, sabe que tengo prestigio, se lo puede decir cualquiera que entienda lo básico de arte.
Pero ella no quiso venir. Y entonces tuve que traerla. No le hice daño. Si usted la ve…
No pensé que lograra pintarla tan hermosa. No van a quitarle los pigmentos lavándola, ¿sabe? Es que le harían daño. Deben dejarla así, y fotografiarla… Todos van a recordarla en adelante como era, hermosa y joven, y orgullosa. Nadie podrá decir que se marchite porque yo la he inmortalizado. ¿Ha sido usted, alguna vez, una obra de arte? La gente del body paint, del happening, no sabe lo que hace. Ella está ahora fija en algo mejor que el lienzo, ella se irá al otro mundo con la belleza en el rostro.
Y se parecen tanto… Es que yo no sabía, ¿entiende?, no sabía que tenía una hermana.
lunes, agosto 28, 2006
destiempo
No es que lleguemos tarde. Es que vivimos a tiempos distintos, funcionamos en dimensiones alternas que se mezclan, y nos dan la ilusión de que sí existimos, todos juntos, en esta. No es que me llamaste justo cuando yo no podía contestarte; es que yo te contesté, pero tú ya no estabas, no coincidimos, cada quien recibió la señal en coordenadas distintas.
De vez en cuando hay accidentes, claro, y entonces se llama empatía. Y nos maravilla que alguien más esté ahí, y comprenda. Hasta que el tiempo vuelve a hacer de las suyas, corrige la falla, y cada quien retorna a su estado habitual de las cosas, a la confusión, al no entender, al miedo.
Por eso son raros los buenos propósitos que se realizan; porque para que aparezcan dos o más individuos con buenas intenciones, y se encuentren, y coordinen, y empaticen, y lleguen hasta el final sin que el tiempo detecte la anomalía, es que el tiempo tiene que estar muy ocupado.
Para las injusticias, sin embargo, no puede haber nada más fácil. Deje usted que dos o más personas, cada quien con su propósito, bueno o malo, se desencuentren al unísono. Verá cómo florecen sin que nadie haga nada.
lunes, julio 17, 2006
asistencia
- Creo que eso ya lo tienes.
- Elaboremos. Oh, quien me diera un amigo, un motivo de risa, un abrazo...
- Adivina qué. También está en la lista.
- Rayos. Quién me diera un nombre, un gusto, una perspectiva...
- Ídem.
- Caramba que lo tenemos todo. A este paso voy a tener que creerme afortunado, ¿y qué va a ser de mi elegía?
- No tenemos todo el día. ¿Por qué no pedir un ocaso, un horizonte, un barco...
- De una vez pide la luna. No. Esto debe tener gancho. Tocar fondo. ¡Dejar al mundo en lágrimas!
- Por mi parte, ya mismo lloro.
- Ah, calla, alter ego de poca fe. Ya vas a ver. ¡Pediré una tempestad, relámpagos, un mar embravecido!
- ¿Y caminar sobre las aguas?
- Y una sola y delimitada personalidad, y cero notas al pie de página.
- Ok, ya capto. ¿Y a quién, oh yo primigenio, pedirás tanta maravilla?
- Queda a criterio del lector. Hay que dejarle algo. ¿Qué quieres, que llegue al final del texto sin nada que preguntarse?
- Dirán que fue error de continuidad.
- ¿Y... si alguno no lo entiende?
- La comisión de excusas alegará hipoglucemia, y en caso de mucha presión, responderemos que esto no es más que un hobbie.
- ...
- Y apurándose, hermano, que creo que ya nos vieron. Voy a ver cómo te los distraigo, y de paso chequeo cómo va todo allá en obras. No me esperes despierto. Ahí te dejo.
miércoles, julio 05, 2006
milagroso
Hasta que apareció un día, junto al escabel donde sus pies supuestamente descansaban, un aparato oblongo, negro y frío, orlado de gotas de distintos colores. El viejo príncipe oía para entonces la desesperante historia de un viejo mercader que no sabía si invertir todo cuanto había ganado en su último negocio, o solo las tres cuartas parte, o solo la mitad, porque no era seguro de si ganaría el doble, o el triple, o céntuple...
El viejo príncipe se agachó y recogió ese extraño objeto inanimado, y tocó uno de los múltiples ojos redondos. En ese momento, los lloros del mercador desaparecieron, aunque el hombre seguía allí, seguramente calculando su posible ganancia. Entonces el príncipe miró a su alrededor, y con una suave presión de su dedo, apagó el sol, que a diario le quemaba. Apagó las voces de los que esperaban en largas filas para pedirle ayuda. Apagó los pájaros, que armaban tanto escándalo. Apagó su nombre para que nadie se acordara de buscarlo. Y apagó, apagó, apagó uno a uno todo lo que durante días y noches lo había hecho miserable, a pesar de su corona real, y sus doradas galas.
Y luego permaneció durante largo tiempo sentado, en la oscuridad, escuchando cosas insospechadas. A las hormigas. A los gusanos. A las cigarras.
viernes, junio 23, 2006
ella no tiene nombre
Como se ha quedado sola, no tiene que llamar a nadie, ni nadie quien la llame. Tampoco tiene teléfono. Guarda los números de sus amigos en un papel que ha puesto en medio de un libro, y a veces, cuando está distraída, la garabatea. Ya los números ni se entienden.
Cuando hace mucho frío, pasea por la habitación hasta que le duelen las piernas. Entonces se sienta a mirar por la ventana. En la calle, apenas si se ve pasar gente. Cuando llegue la temporada en que hace sol, saldrá a caminar un poco. Ahora es mejor estar ahí, las paredes son grises, la calle es gris, y sus pensamientos, que a veces intentan volverse lilas vuelven, poco a poco, a engrisarse. Cuando salga, quizá, algo de sol la ayude a disiparse, y se convierta en humo, y desaparezca, como ese vapor que ahora muere apenas se estrella contra los cristales.
martes, junio 20, 2006
disculpas
Supongo que no.
Pero ya sabías que nosotras lo hacíamos, otras veces nos escuchaste hablando de otras personas, a ti mismo te fastidiamos un par de veces, pero te repito, no es que nos cayeras mal, solo pasó.
Luego ella decidió pasarles esa conversación a los otros.
Jamás me lo preguntó, nunca lo mencionó siquiera, si me lo hubiera dicho, yo te juro que nunca hubiera pasado, me las habría arreglado para convencerla de que no.
¿Me crees?
Aunque no me creas, puedo entender si tú, si después de todo, tú ya no me quieres hablar, porque yo en tu lugar tampoco desearía vernos ni muertas.
¿Estás enojado?
¿No?
Sería bueno saber qué es lo que piensas.
Ya te digo que te entiendo, pero por favor, dime algo. Ese es el problema contigo, nunca se sabe qué estás pensando, qué sientes, tienes que abrirte, no puedes dejar que la gente piense que no te afecta nada, porque entonces, entonces… algún imbécil como… como nosotras…
Debes odiarnos. Y estás haciendo que me deteste a mí misma.
Es obvio que no vas a hablar, pero igual, ya te dije lo que pasó. Ojalá te sientas mejor y después, si quieres, si te animas, podemos estar conversando. No te digo con ella porque obviamente, no vas a querer, y además yo tampoco tengo ganas de verla, pero…
Ya me voy.
No ha sido fácil esto pero igual quería verte. No soy tan idiota, sabes. O sí soy una idiota pero al menos lo estoy reconociendo. Ha sido una pena todo, todo.
Nos vemos.
lunes, junio 05, 2006
deo
Me vengo todas las tardes, después del cafecito, a instalar aquí, y a veces creo que me quedo dormida, pero no sabría decir si es un parpadeo o son horas, cuando despierto apenas si ha cambiado el cielo. Me gusta mirar la ciudad, toda, las partes bonitas y las partes feas, como una niña que no se ha lavado bien la cara y quiere regresar cuanto antes a seguir con sus juegos. Hasta cuando no lo intenta, es hermosa.
Dicen que esa reja que está ahí, junto al muro, lleva a un cementario. Pero no veo cruces, no veo ángeles. Está cubierta de hierba, y todo lo que alcanzo a ver son montoncitos de piedras. Son para los no crédulos, me parece, o así me lo dijeron, ya se me empieza a olvidar. Entonces la gente ni cuando se muere es igual, no es lo mismo un muerto que cree -sabrá Dios en qué- que uno que no cree -sospecho que ahí también es Dios el único que sabe-.
Me pregunto en qué creo yo, y en si me está permitido imaginarme a mi propio Dios, mi deidad sin rostro y sin rumbo fijo. Un Dios que ríe y que llora, que se complace en lo ridículo y en lo sublime. Que no se queda quieto. Que cuando está triste se queda en silencio, y cuando entra en cólera, se traslada a lo más profundo hasta que se olvida del percance. Me gusta mi Dios, así como lo pienso, con sus preguntas incontestables y sus respuestas personalizadas. Con su hacerse cargo y su saber callar.
Se me hace que mi Dios es distinto, muy distinto al de los otros hombres y mujeres. Así debe ser. También yo soy diferente. Por eso es único, y por eso es el mismo. Mi Dios tiene cabello y ojos oscuros, no demasiado alto, y habla en castellano. De seguro eso ofende a los otros tipos raciales y lingüísticos. A mi Dios no le molesta. Como hace tiempo que me conoce, ya aprendió a leer todas mis letras, sabe que no lo estoy etiquetando. A veces, se detiene y se sienta a mi lado, y me observa. Se complace en verme repetirlo, contemplando el mundo que hemos construido sobre el mundo que él primero construyó. Hasta se complace en verme perdida en mis universos ficticios, porque sabe por experiencia propia lo bien que se siente.
miércoles, abril 12, 2006
Sí, oe
¡Claro que te dispararon, idiota! Será por eso que ya estás bien muerto, y tus deudos mandaron a pintar en la tumba semejante tontería. El que debe estar riéndose a carcajada limpia ahora es el Matías, que siempre dijo que a ti tendrían que avisarte que te morías, o no te enterabas.
Bueno, ya estoy enterado. Voy a hacer lo posible para que me cambien esa vaina. Lo malo es que mi mujer como es media beata seguro que me manda cantar nosecuántas misas, quién sabe el tiempo que haya que esperar para que quiera saber si tuve otra cuenta bancaria, o tuve otros hijos, y empiece a contratar un médium, y entonces pueda volver a decirle la frase que ahorita mismo estoy pensando. No, mejor que se tome su tiempo, esto hay que decidirlo con calma.
Difícil esto de encontrar epitafio. Además me preocupa no ser el único. Quién hubiera dicho que me encontraría con tanto tarado en mi misma situación, sin haberse despedido como se debe. Con tal que ninguno se quiera pasar de listo y colarse cuando me toque el turno. Como ese calvito que está allá, ese que se queja como perro atropellado, que parece ser (me lo dijo el flaco ese que se pasa de chismoso) que sus últimas palabras fueron “mi vida, ¿eres tú?”, antes de que los ladrones lo mandaran a formar parte de las estadísticas.
Imagínense eso en su lápida.
No te rías. Que la tuya tampoco es que es gloriosa.
Por eso tengo que esperar, ¿cuánto tiempo más se tardará Emilia? Lo que más me preocupa es que según parece, hasta ahora no me hacen ni el réquiem. O sea, ¿a qué espera? No es que me sirva de mucho, pero a este paso jamás van a dejar de recordarme con dolor -cosa harto comprensible- como para querer comunicarse conmigo. Ya llamaron al narco este que había dejado no se qué listado pendiente. Al carnicero ese que nunca le reveló a su socio el contacto con los criadores de caballos. A la vieja esa frufrú que no hizo bien su testamento. Y yo, nada. Mientras tanto, aquí el encargado este que me tiene odio, no hace más que pasar el video del sepelio, incluida la pintada de las letritas que como son medio raras, casi ni se entienden. ¿Me dispararon, oe? Eso dice en mi bóveda. Solo a mí se me ocurre.
viernes, marzo 17, 2006
monstruo
Pero voy a ir. Voy a dejar que me llegue el eco de los disparos y después, recogeré las balas melladas. Miraré si dejaron marcas, pero más por rutina que nada. Me voy aburriendo del ruido, y entonces un día me iré, solo que estoy esperando, te aviso cuándo.
Ayer, escuché las sirenas y me asomé a la ventana. Con tanta lentitud que al llegar, ya todo había pasado. La calle estaba vacía. El ruido seguía allí, obstinado. Los demás se habían ido. Yo vi chirridos de llantas, gritos de hombres, murmullos de la gente. Vi la respiración agitada de una mujer que luego tosía. Vi un goteo que no sé que era, contra el asfalto, tic, tic, tic. Desesperante como era, hipnótico como era, cerré la ventana y me puse a ver otros sonidos dentro de mi propia casa. Pero calculé mal y escuché mi memoria, mi propia memoria, arrastrándose como un lagarto que acaba de darse un banquete y se retuerce de incomodidad y de hartazgo.
Por eso tuve que salir, y vine a verte. No soportaba el silencio, dime lo que quieras, canta lo que quieras, golpea las pareces, ríe, susurra; aunque al final todo sirva para alimentar a ese monstruo que avanza lento y asfixiante a medida que envejezco, y que regurgita recuerdos sobre mis días. Y que ya no quiero.
lunes, marzo 06, 2006
Caín
Me niego, me niego, me niego, es una completa vergüenza que ni siquiera pueda uno andar por la calle tranquilo sin que venga alguien y le pregunte ¿es este su hermano?, como si yo tuviera la obligación de contestarle, como si yo tuviera la obligación de siquiera mirar a ese pobre infeliz que tal vez también espera que yo conteste que sí, y no, mi respuesta es no, mil veces no, no sé quién diablos es.
Por favor, deje de molestarme. ¿No le cansa dar todos los días la misma vuelta para encontrarme y preguntarme si un nuevo desconocido es hijo de mi padre y mi madre? Como si eso importara, como si importara y encima yo se lo fuera a decir a usted.
Por si acaso, yo no tengo hermanos, ninguno. Los he dejado a todos atrás, así que ya no son míos. Ni lo fueron nunca; no sé lo que significa míos ni lo que significa hermanos, no sé por qué alguien diría eso, porqué alguien creería que porque nos criaron juntos, ya tendríamos que admitirnos para siempre; yo no creo en eso, no he visto ni uno, jamás, mirarme y devolverme esa desconfianza, ese rencor inmediato y creciente con que los veo a todos, porque no nos parecemos, no nos pareceremos jamás. No tengo hermanos, así que de una buena vez, piérdase y deje de preguntar.