martes, agosto 30, 2005
catástrofe
Quién fuera T. Traspasaría lo tétrico y nadie podría torturarme con mi falta de talento. Me tostaría al sol cuanto tiempo se me antojara, y me traspasaría la felicidad de un chocolate. Soportaría mis tristezas, tergiversadas por la alegre turbulencia. No tendría que a aterrorizarme en las tempestades, ni le temería a los tumultos. Me aplicaría a encontrar el total descanso, el término apropiado, esa tregua conmigo misma. Me tornaría tenue, tácita o trepidante, según quisiera. Tendría tanto, y tardaría en percatarme del desierto sitio de la falta.
sábado, agosto 27, 2005
expedición
Un mundo redondo y metálico flotando en una espesa niebla marrón. Buscamos vida. Suelos y paredes lisas. Ni un soplo de polvo. Descendemos suavemente, pero igual oímos las ruedas siseando en la superficie. Frío y sin viento. Un sol en saliente y otro en poniente. Una depresión en el centro, aparentemente inofensiva. ¿Quién sabe? Rodeamos los bordes con precaución. No parece que viviera aquí nada ni nadie. Bajo el suelo gris no parece haber agua, ni vacío, ni nada más que metal. Inercia. Vinimos en vano, atraídos por el brillo antinatural de la atmósfera, creo que eso debió habernos desalentado desde un principio. Estábamos tan entusiasmados.
Exploramos un poco más. El piloto dice que embarquemos, y no alcanzamos a llegar a la escalerilla cuando el planeta empieza a girar con nosotros encima, nave y tripulación, una rotación suave pero continua, hacia el oeste. Nos sujetamos ¿de qué? No hay accidentes más que esa hendidura con una especie de torre de observación en el centro. Caemos hasta la base de la torre. De repente, un estruendo, un golpe, y todo lo que habíamos avanzado, lo retrocedemos en forma violenta, hasta que, con un golpe seco, todo queda en calma otra vez. Pero entonces, justo entonces, la niebla en la que habíamos flotado hasta llegar al extraño planeta parece venirse sobre nosotros. Sí, se mueve, pero no nos comprime porque vamos como en un barco, flotando sobre ella. Cuánto nos hablemos desplazado, quién sabe. Desde ese momento ha pasado tanto, y aún no encontramos la manera de salir de la oscuridad a la que hemos venido a parar.
A veces, vemos pasar muy cerca una estrella.
Exploramos un poco más. El piloto dice que embarquemos, y no alcanzamos a llegar a la escalerilla cuando el planeta empieza a girar con nosotros encima, nave y tripulación, una rotación suave pero continua, hacia el oeste. Nos sujetamos ¿de qué? No hay accidentes más que esa hendidura con una especie de torre de observación en el centro. Caemos hasta la base de la torre. De repente, un estruendo, un golpe, y todo lo que habíamos avanzado, lo retrocedemos en forma violenta, hasta que, con un golpe seco, todo queda en calma otra vez. Pero entonces, justo entonces, la niebla en la que habíamos flotado hasta llegar al extraño planeta parece venirse sobre nosotros. Sí, se mueve, pero no nos comprime porque vamos como en un barco, flotando sobre ella. Cuánto nos hablemos desplazado, quién sabe. Desde ese momento ha pasado tanto, y aún no encontramos la manera de salir de la oscuridad a la que hemos venido a parar.
A veces, vemos pasar muy cerca una estrella.
miércoles, agosto 24, 2005
escalera
esperaba
nadie llamó
entonces bajé sola
casi tropiezo con Grobe
maulló y me miró resentido
asombra ver resentimiento en un gato
es peor tratándose de uno tan consentido
ahora no tengo tiempo para ti, pedazo minino
tengo que llegar, la décima línea espera hace rato
nada personal, no te resientas, pero ella estaba aquí antes.
nadie llamó
entonces bajé sola
casi tropiezo con Grobe
maulló y me miró resentido
asombra ver resentimiento en un gato
es peor tratándose de uno tan consentido
ahora no tengo tiempo para ti, pedazo minino
tengo que llegar, la décima línea espera hace rato
nada personal, no te resientas, pero ella estaba aquí antes.
lunes, agosto 22, 2005
Herederos
- Te lo dije.
- Por favor, no.
- Te lo dije.
- Ya sé, ya sé, cállate ¿quieres?
- Te lo dije.
- ¿Serviría de algo que te recordara lo mucho que estoy lamentando ahora no haberte escuchado, Armonía?
- Cuando me pediste consejo, cuando hablé y me escuchaste, cuando me abrazaste y seguiste tu propia opinión, te advertí que no iba a hacerte esa excepción. No tengo más remedio que decir te lo dije hasta que a mí misma me den náuseas.
- ¿Podrías repetírmelo mañana? Estoy tan cansado...
- Ah no no no, levántate. Acuérdate que hicimos un trato. Tienes que acompañarme.
- Pareces policía.
- Sin arrepentimientos. Vamos.
- Deja que me quede. ¿De qué te sirvo ahora? Puedes volver por mí más tarde, prometo que te seguiré donde quieras, que haré lo que me pidas, solo déjame solo un momento, ¡no me mires así!
- Que yo sepa, has estado solo bastante tiempo. Y mira, qué bien salió todo. Me pediste una oportunidad. Te dejé a cargo. Pero si permito que esto continúe, no sé si seré capaz de encontrarte la próxima vez, ¡lo que he tenido que pasar para llegar aquí! ¿Pensaste en eso, dime?
- Armonía...
- No, perdona, eso fue innecesario. No debí reprochártelo. Yo decidí dejarte porque pensé que era lo justo que intentaras una vez por ti mismo, aunque sabía lo que nos iba a costar. Sabía lo que iba a costar ubicarte. Somos responsables ambos. Un equipo. Yo tenía el mando, y así fuimos felices mucho tiempo.
- No, espera un momento. Espera, tú creías que lo éramos. No pongo objeciones a cómo has llevado las cosas hasta ahora, de veras que has hecho un trabajo fenomenal, ¡mira cómo me he puesto yo en un instante! Pero de ahí a que me digas que todo fue felicidad... Armonía, ni siquiera tú tienes tanta generosidad como para pensar eso.
- ¿Has sido infeliz conmigo?
- ...
- Responde, anda, no voy a hacer nada.
- ¡No podía vivir así para siempre! Nuestro padre quiso que tú fueras la cabeza y yo las tripas, ¿qué piensas que se siente? No, claro, lo olvidaba, sentir no es tu especialidad. Oh- me estoy riendo de ti de nuevo, Armonía, mi hermosa Armonía, perdóname. No llores.
- No soy yo la que está llorando.
- Cierto. Cierto. Ya está, fuera lágrimas. No te ofendas, nena. No es que crea que eres insensible.
- No es que crea que eres insensato.
- ¿No? Haberlo sabido antes. Siempre he pensado que me tenías por una bestia.
- ¿Cómo podría? Eres mi hermano.
- Y yo que hasta hace poco te acusaba de no ser lo suficientemente generosa. Pero sí. Soy una bestia. He arruinado por completo la oportunidad que me diste y ahora padre estará enojado contigo. A mí, ya te imaginas, me desprecia lo suficiente como para no esperar nada mejor. Pero lo siento por ti, querida; ay, cómo se pondrá nuestro padre.
- Eso es lo de menos.
- Pero una cosa déjame decirte. Soy una bestia harta de depender. Incluso de ti, hermanita. Has sido buena influencia para alguien que no quería ser influido. ¿No te parece triste tu suerte? Toda esa sabiduría vertida en mí. Padre no fue justo conmigo, eso era de esperarse teniendo en cuenta la basura que soy. Pero no fue mucho mejor contigo, y eso sería imperdonable de no ser porque a él qué es lo que no le está permitido. ¿Sabes, hermana, lo que me dijo cuando le pregunté por qué nos había hecho esto? Ay, no lo vas a imaginar.
- No necesito imaginarlo. Lo sé, Impulso. Yo estaba ahí.
- ¿Tú estabas...?
- Levántate. Tenemos que irnos.
- ¿A dónde?
- Te dejaré la curiosidad, al menos te dará ánimos. Me basta con saberlo. Yo estaba ahí, ese día. Escuché su respuesta. Lo que dijo de ti, y de mí. Que viajando obligatoriamente juntos tú ganarías en sensatez y paciencia, y que lo malo era que tal vez a mí se me pegara algo tuyo. También entendí lo que quiso decir. No quería un hijo imperfecto a su lado. Ni una hija perfecta. No quería a nadie que lo ensombreciera. En suma, él no quiere a nadie cerca. Ven, apóyate en mí. Estás cojeando.
- Eso no es todo. Si escuchaste sabes que eso no fue todo.
- Sumado a que no quería que tú lo asesinaras mientras dormía, lo cual es comprensible dada tu habilidad para convertir casi cualquier objeto en un arma. No creas que no vi cuando rompimos la cadena, cómo afilabas uno de los eslabones en las rocas de la costa.
- Hermana...
- No necesito consuelo, eso es para ti. Sé a dónde vamos porque lo decidí el día en que ordenó que nos fuéramos.
- ¿Tú decidiste...?
- Ten cuidado con esas piedras. Estás muy lastimado. Pero no importa. Te recuperarás y volverás a caerte. Ahora que aprendiste lo que es no estar atado, dudo que me dejes acercarme con esta cadena. Yo tampoco creo que fuera justo que pasáramos tanto tiempo juntos. Si yo pudiera, te odiaría. ¿Tú me odias?
- Te digo la verdad, no me importaría perderte de vista por un buen tiempo, pero no es que te odie. Es solo que...
- Que te da asco cuánto empezamos a parecernos. Que te sorprende que pretenda desobedecer a nuestro padre y que la culpa no me esté matando. Ahora yo te soy sincera, sí perturba, pero no mata. Pero sobre todo, Impulso, te da miedo sorprenderte, porque desearías reírte y celebrar mi insubordinación, y no puedes.
- No voy a celebrar insubordinaciones que no son mías.
- Que yo supiera, antes no tenías ningún problema con eso.
- ¿Sera porque... eres Armonía y tú nunca harías eso?
- Está bien. Créelo. Quizá el golpe sacudió unos cuantos cables. No te sueltes. Va a costarnos mucho llegar.
- ¿A dónde vamos?
- A casa.
- ¿A...? De acuerdo. Ahora sí lo he oído todo. Déjame, déjame en el suelo. Prefiero quedarme aquí. Bonita rebeldía la tuya. De vuelta con papá. Pues por mí regrésate sola, que yo prefiero el polvo y las piedras.
- ¿Y la piel cayéndose de tus rodillas?
- ¡Lárgate! Yo... Pero ¿qué haces? ¡Suéltame! ¡Soy más fuerte que tú! ¡Prometo que voy a lastimarte, suéltame!
- No eres más fuerte, no puedes lastimarme y no voy a soltarte. Vamos a casa, te digo. No tienes que entrar en histeria.
- ¡Mi brazo!
- Lo siento. ¿Vendrás conmigo? ¿Sí? Sé un buen chico. Verás, no hay nada que temer en casa porque padre no está.
- Oh. ¿El kit telepático entró en funcionamiento?
- No necesito telepatía para saber que no estará. O me corrijo, estará, solo que no en condiciones de vernos.
- La verdad yo me estoy cansando de este jueguito de adivinanzas, ¿cuál es tu plan? ¿Dónde está padre que no puede vernos? ¿Ah?
- En la terraza. Donde lo dejé la última vez que nos vimos.
- ¡No nos despedimos en la terraza! A mí me echó al patio y se fue, y luego te sacaron a ti para ponernos la cadena!
- Yo lo vi antes. En la terraza. Padre fue afortunado. Se libró de una deshonrosa muerte a manos de un hijo lunático. Murió a manos de una hija más astuta que él. Buen fin para un filósofo, ¿no crees? No pongas esa cara. Te he librado de hacerlo tú mismo, con la desventaja de que no hubieras empleado un gramo de sutileza y ahora tus huesos estarían blanqueándose al pie de algún árbol. ¿Quién va a dudar de nosotros ahora? Volveremos. Encontraremos su cuerpo. Haremos funerales. Tú serás el nuevo amo, y no tendrás que verme en tu vida. Solo te pido una cosa. Cuando tengas hijos, jamás los dejes salir al jardín, así no tendrás que enseñarles a diferenciar entre las plantas benignas y las venenosas.
- Por favor, no.
- Te lo dije.
- Ya sé, ya sé, cállate ¿quieres?
- Te lo dije.
- ¿Serviría de algo que te recordara lo mucho que estoy lamentando ahora no haberte escuchado, Armonía?
- Cuando me pediste consejo, cuando hablé y me escuchaste, cuando me abrazaste y seguiste tu propia opinión, te advertí que no iba a hacerte esa excepción. No tengo más remedio que decir te lo dije hasta que a mí misma me den náuseas.
- ¿Podrías repetírmelo mañana? Estoy tan cansado...
- Ah no no no, levántate. Acuérdate que hicimos un trato. Tienes que acompañarme.
- Pareces policía.
- Sin arrepentimientos. Vamos.
- Deja que me quede. ¿De qué te sirvo ahora? Puedes volver por mí más tarde, prometo que te seguiré donde quieras, que haré lo que me pidas, solo déjame solo un momento, ¡no me mires así!
- Que yo sepa, has estado solo bastante tiempo. Y mira, qué bien salió todo. Me pediste una oportunidad. Te dejé a cargo. Pero si permito que esto continúe, no sé si seré capaz de encontrarte la próxima vez, ¡lo que he tenido que pasar para llegar aquí! ¿Pensaste en eso, dime?
- Armonía...
- No, perdona, eso fue innecesario. No debí reprochártelo. Yo decidí dejarte porque pensé que era lo justo que intentaras una vez por ti mismo, aunque sabía lo que nos iba a costar. Sabía lo que iba a costar ubicarte. Somos responsables ambos. Un equipo. Yo tenía el mando, y así fuimos felices mucho tiempo.
- No, espera un momento. Espera, tú creías que lo éramos. No pongo objeciones a cómo has llevado las cosas hasta ahora, de veras que has hecho un trabajo fenomenal, ¡mira cómo me he puesto yo en un instante! Pero de ahí a que me digas que todo fue felicidad... Armonía, ni siquiera tú tienes tanta generosidad como para pensar eso.
- ¿Has sido infeliz conmigo?
- ...
- Responde, anda, no voy a hacer nada.
- ¡No podía vivir así para siempre! Nuestro padre quiso que tú fueras la cabeza y yo las tripas, ¿qué piensas que se siente? No, claro, lo olvidaba, sentir no es tu especialidad. Oh- me estoy riendo de ti de nuevo, Armonía, mi hermosa Armonía, perdóname. No llores.
- No soy yo la que está llorando.
- Cierto. Cierto. Ya está, fuera lágrimas. No te ofendas, nena. No es que crea que eres insensible.
- No es que crea que eres insensato.
- ¿No? Haberlo sabido antes. Siempre he pensado que me tenías por una bestia.
- ¿Cómo podría? Eres mi hermano.
- Y yo que hasta hace poco te acusaba de no ser lo suficientemente generosa. Pero sí. Soy una bestia. He arruinado por completo la oportunidad que me diste y ahora padre estará enojado contigo. A mí, ya te imaginas, me desprecia lo suficiente como para no esperar nada mejor. Pero lo siento por ti, querida; ay, cómo se pondrá nuestro padre.
- Eso es lo de menos.
- Pero una cosa déjame decirte. Soy una bestia harta de depender. Incluso de ti, hermanita. Has sido buena influencia para alguien que no quería ser influido. ¿No te parece triste tu suerte? Toda esa sabiduría vertida en mí. Padre no fue justo conmigo, eso era de esperarse teniendo en cuenta la basura que soy. Pero no fue mucho mejor contigo, y eso sería imperdonable de no ser porque a él qué es lo que no le está permitido. ¿Sabes, hermana, lo que me dijo cuando le pregunté por qué nos había hecho esto? Ay, no lo vas a imaginar.
- No necesito imaginarlo. Lo sé, Impulso. Yo estaba ahí.
- ¿Tú estabas...?
- Levántate. Tenemos que irnos.
- ¿A dónde?
- Te dejaré la curiosidad, al menos te dará ánimos. Me basta con saberlo. Yo estaba ahí, ese día. Escuché su respuesta. Lo que dijo de ti, y de mí. Que viajando obligatoriamente juntos tú ganarías en sensatez y paciencia, y que lo malo era que tal vez a mí se me pegara algo tuyo. También entendí lo que quiso decir. No quería un hijo imperfecto a su lado. Ni una hija perfecta. No quería a nadie que lo ensombreciera. En suma, él no quiere a nadie cerca. Ven, apóyate en mí. Estás cojeando.
- Eso no es todo. Si escuchaste sabes que eso no fue todo.
- Sumado a que no quería que tú lo asesinaras mientras dormía, lo cual es comprensible dada tu habilidad para convertir casi cualquier objeto en un arma. No creas que no vi cuando rompimos la cadena, cómo afilabas uno de los eslabones en las rocas de la costa.
- Hermana...
- No necesito consuelo, eso es para ti. Sé a dónde vamos porque lo decidí el día en que ordenó que nos fuéramos.
- ¿Tú decidiste...?
- Ten cuidado con esas piedras. Estás muy lastimado. Pero no importa. Te recuperarás y volverás a caerte. Ahora que aprendiste lo que es no estar atado, dudo que me dejes acercarme con esta cadena. Yo tampoco creo que fuera justo que pasáramos tanto tiempo juntos. Si yo pudiera, te odiaría. ¿Tú me odias?
- Te digo la verdad, no me importaría perderte de vista por un buen tiempo, pero no es que te odie. Es solo que...
- Que te da asco cuánto empezamos a parecernos. Que te sorprende que pretenda desobedecer a nuestro padre y que la culpa no me esté matando. Ahora yo te soy sincera, sí perturba, pero no mata. Pero sobre todo, Impulso, te da miedo sorprenderte, porque desearías reírte y celebrar mi insubordinación, y no puedes.
- No voy a celebrar insubordinaciones que no son mías.
- Que yo supiera, antes no tenías ningún problema con eso.
- ¿Sera porque... eres Armonía y tú nunca harías eso?
- Está bien. Créelo. Quizá el golpe sacudió unos cuantos cables. No te sueltes. Va a costarnos mucho llegar.
- ¿A dónde vamos?
- A casa.
- ¿A...? De acuerdo. Ahora sí lo he oído todo. Déjame, déjame en el suelo. Prefiero quedarme aquí. Bonita rebeldía la tuya. De vuelta con papá. Pues por mí regrésate sola, que yo prefiero el polvo y las piedras.
- ¿Y la piel cayéndose de tus rodillas?
- ¡Lárgate! Yo... Pero ¿qué haces? ¡Suéltame! ¡Soy más fuerte que tú! ¡Prometo que voy a lastimarte, suéltame!
- No eres más fuerte, no puedes lastimarme y no voy a soltarte. Vamos a casa, te digo. No tienes que entrar en histeria.
- ¡Mi brazo!
- Lo siento. ¿Vendrás conmigo? ¿Sí? Sé un buen chico. Verás, no hay nada que temer en casa porque padre no está.
- Oh. ¿El kit telepático entró en funcionamiento?
- No necesito telepatía para saber que no estará. O me corrijo, estará, solo que no en condiciones de vernos.
- La verdad yo me estoy cansando de este jueguito de adivinanzas, ¿cuál es tu plan? ¿Dónde está padre que no puede vernos? ¿Ah?
- En la terraza. Donde lo dejé la última vez que nos vimos.
- ¡No nos despedimos en la terraza! A mí me echó al patio y se fue, y luego te sacaron a ti para ponernos la cadena!
- Yo lo vi antes. En la terraza. Padre fue afortunado. Se libró de una deshonrosa muerte a manos de un hijo lunático. Murió a manos de una hija más astuta que él. Buen fin para un filósofo, ¿no crees? No pongas esa cara. Te he librado de hacerlo tú mismo, con la desventaja de que no hubieras empleado un gramo de sutileza y ahora tus huesos estarían blanqueándose al pie de algún árbol. ¿Quién va a dudar de nosotros ahora? Volveremos. Encontraremos su cuerpo. Haremos funerales. Tú serás el nuevo amo, y no tendrás que verme en tu vida. Solo te pido una cosa. Cuando tengas hijos, jamás los dejes salir al jardín, así no tendrás que enseñarles a diferenciar entre las plantas benignas y las venenosas.
Experimento fallido
Entro a toda prisa y me tengo que detener de golpe. Los pies se me despegan del suelo y quedo desagradablemente suspendida en mi propio miedo. Hay alguien allí, inmóvil, en la oscuridad. Unas migajas de luz anaranjada llegan desde la calle, y le dan sobre las rodillas, cruzadas al estilo indio. Sobre el pelo, que le ensombrece la cara.
¡Estúpida! Tanto tiempo evitando ese instante y me he lanzado a él de cabeza, sin intuición. Y ahora que el pánico me deja vacía de huesos, de entrañas, de todo, se me hace una eternidad ordenarle a mis piernas que se muevan, que me saquen de aquí. Salgo caminando hacia atrás, la vista fija en alguien que ni siquiera sabe que puede mirarme. Antes de que me vea tengo que huir, mi especialidad, desaparecer sin hacer ruido.
¿Cómo, cómo, cómo? ¿Por qué no me avisó nadie? Ustedes lo saben, estaba tan segura de que a su modo me protegían, que me siento traicionada. Se los pedí, se los pedí por favor, que me avisaran cuando se me fuera la mano. Habrán sentido lástima de mí, o de ustedes mismos, de tener que decir algo que los pusiera en la incómoda posición de quien tiene que lastimar.
Ahora no puedo volver, y echo de menos todo lo que he dejado, lo que no veré de nuevo porque me fallaron los cálculos y no tengo valor para regresar por ello. Siempre fui tan cuidadosa, me hice cargo de los detalles penosos, y así pude volver una y otra vez por mis rapiñas. Un pequeño descuido y no me queda nada. Solo seguir retrocediendo para que no me mire. ¿Qué pensará de mí? Eso no importa, tiene que seguir sola, si es que quiere mantenerse viva. Le he dado lo suficiente. Una memoria, unos gestos, dolores, ilusiones, imposibles. Es cuestión suya cuánto tiempo le quede.
Nunca había querido verlas precisamente por eso, no soporto enternecerme inútilmente, empezar a darles nombres y tomarme el trabajo de crearles más historia que la que les permití a mi costa durante un tiempo. También es que odio ver lo que les he hecho, no quiero pensar en que lleguen a reconocerse en mi repulsión y hagan algo desesperado, como arrancarse del encierro y mostrarse al mundo, y gritar que existen por mi causa, que yo tallé cada uno de sus rasgos intentando imitar a los dioses, y que la gente vacile entre vomitar o lincharme, y que me lleven a quemar sin poder ver a mi abogado.
Por eso hoy el veneno es para todas. Ellas y yo. Estoy cansada de vivir con miedo a encontrármelas tras cada ventana. De tropezarme de improviso con sus cadáveres descompuestos y sacarlos por la puerta trasera a media noche, para que los vecinos no se enteren de lo que estoy haciendo. Hoy ha sido la gota. Esta no sé cómo aguantó tanto, pero no más que yo, se los aseguro. Se van conmigo, no importan cuán humanas parezcan. Tengo que evitar que alguien las encuentre y su alma llena de justicia lo lleve a denunciarme. Que alguien las encuentre y su alma compasiva quiera darles alguna oportunidad. Les voy a ahorrar la molestia.
¡Estúpida! Tanto tiempo evitando ese instante y me he lanzado a él de cabeza, sin intuición. Y ahora que el pánico me deja vacía de huesos, de entrañas, de todo, se me hace una eternidad ordenarle a mis piernas que se muevan, que me saquen de aquí. Salgo caminando hacia atrás, la vista fija en alguien que ni siquiera sabe que puede mirarme. Antes de que me vea tengo que huir, mi especialidad, desaparecer sin hacer ruido.
¿Cómo, cómo, cómo? ¿Por qué no me avisó nadie? Ustedes lo saben, estaba tan segura de que a su modo me protegían, que me siento traicionada. Se los pedí, se los pedí por favor, que me avisaran cuando se me fuera la mano. Habrán sentido lástima de mí, o de ustedes mismos, de tener que decir algo que los pusiera en la incómoda posición de quien tiene que lastimar.
Ahora no puedo volver, y echo de menos todo lo que he dejado, lo que no veré de nuevo porque me fallaron los cálculos y no tengo valor para regresar por ello. Siempre fui tan cuidadosa, me hice cargo de los detalles penosos, y así pude volver una y otra vez por mis rapiñas. Un pequeño descuido y no me queda nada. Solo seguir retrocediendo para que no me mire. ¿Qué pensará de mí? Eso no importa, tiene que seguir sola, si es que quiere mantenerse viva. Le he dado lo suficiente. Una memoria, unos gestos, dolores, ilusiones, imposibles. Es cuestión suya cuánto tiempo le quede.
Nunca había querido verlas precisamente por eso, no soporto enternecerme inútilmente, empezar a darles nombres y tomarme el trabajo de crearles más historia que la que les permití a mi costa durante un tiempo. También es que odio ver lo que les he hecho, no quiero pensar en que lleguen a reconocerse en mi repulsión y hagan algo desesperado, como arrancarse del encierro y mostrarse al mundo, y gritar que existen por mi causa, que yo tallé cada uno de sus rasgos intentando imitar a los dioses, y que la gente vacile entre vomitar o lincharme, y que me lleven a quemar sin poder ver a mi abogado.
Por eso hoy el veneno es para todas. Ellas y yo. Estoy cansada de vivir con miedo a encontrármelas tras cada ventana. De tropezarme de improviso con sus cadáveres descompuestos y sacarlos por la puerta trasera a media noche, para que los vecinos no se enteren de lo que estoy haciendo. Hoy ha sido la gota. Esta no sé cómo aguantó tanto, pero no más que yo, se los aseguro. Se van conmigo, no importan cuán humanas parezcan. Tengo que evitar que alguien las encuentre y su alma llena de justicia lo lleve a denunciarme. Que alguien las encuentre y su alma compasiva quiera darles alguna oportunidad. Les voy a ahorrar la molestia.
viernes, agosto 19, 2005
El héroe
Recuerdo cómo eran tus ojos. Tus ojos así, en plural, antes de que empezaras a cubrirte con el cabello la mitad izquierda de la cara. Tu expresión siempre alerta, casi insolente, decidida. ¿Qué había por hacer que tú no pudieras? Era irritante oírte hablar, pero uno no podía alejarse ni dejar de observarte, porque ni siquiera eras consciente de que todos aquellos rebeldes conceptos que defendías con ardor habían sido alentados ya por nosotros, cuando éramos tanto o más jóvenes que tú. Y sin embargo creías tener la razón, y nos despreciabas por haber renunciado hacía tiempo a lo que para ti era la verdad. Decadentes, nos llamaste.
Tenías razón en cuanto dijiste. Pero nuestra lúcida decadencia nos tiene aquí, ilesos, mientras tú te ocultas y nos miras de reojo. No creas que encuentro placer en esto. Quería que supieras, que reconocieras que, aunque lo que decías era verdad, era también absurdo e impracticable, quería que admitieras que no eras capaz, como nosotros no habíamos sido capaces.
Pero no así. No quería verte huirnos, no quería que callaras para siempre y que se te perdiera toda la inspiración. Ya no puedes reírte siquiera, acompañarnos en nuestros cinismos diarios y encontrar en compañía el consuelo de reírse de uno mismo. Porque quisiste ir más allá, donde sabíamos que encontrarías algo peor que la nada, y te estrellaste, y te vimos caer y no pudimos hacer nada.
Ese día perdiste un ojo, y todo tu valor. No volviste a mirarnos a la cara, y aún estoy tratando de decidir qué sería peor: no volver a ver ni un asomo de ti porque no nos dejas, o que de repente levantes la cara, y encontrarnos con lo que te queda.
Tenías razón en cuanto dijiste. Pero nuestra lúcida decadencia nos tiene aquí, ilesos, mientras tú te ocultas y nos miras de reojo. No creas que encuentro placer en esto. Quería que supieras, que reconocieras que, aunque lo que decías era verdad, era también absurdo e impracticable, quería que admitieras que no eras capaz, como nosotros no habíamos sido capaces.
Pero no así. No quería verte huirnos, no quería que callaras para siempre y que se te perdiera toda la inspiración. Ya no puedes reírte siquiera, acompañarnos en nuestros cinismos diarios y encontrar en compañía el consuelo de reírse de uno mismo. Porque quisiste ir más allá, donde sabíamos que encontrarías algo peor que la nada, y te estrellaste, y te vimos caer y no pudimos hacer nada.
Ese día perdiste un ojo, y todo tu valor. No volviste a mirarnos a la cara, y aún estoy tratando de decidir qué sería peor: no volver a ver ni un asomo de ti porque no nos dejas, o que de repente levantes la cara, y encontrarnos con lo que te queda.
jueves, agosto 18, 2005
Día libre
Algún día ellos también se van a ir. Y entonces vamos a ver qué pasa con sus caras de satisfacción, de seres inamovibles, aposentados de una vez y para siempre en las glorias de sus oficina king size.
Es una reacción normal la que estoy teniendo ¿no? Quiero decir, algo de venganza he de alentar, sería muy raro que no lo hiciera. Pero es extraño. No logro sentirme furiosa. Asqueada, sí. Pero es un asco adormecido. Como si me hubieran anestesiado. Será el shock. Porque lo que son ellos, no me pusieron las cosas fáciles, precisamente. Firme aquí. Tenga su cheque, me dijo el muy imbécil, sonriendo como si me lo estuviera regalando, tan lindo él, después de haberme soltado en mi cara que me tenía que ir por mi bajo rendimiento.
¡Bajo rendimiento, en serio! Me pregunto… No, Fernanda no sería capaz de eso. Ví perfectamente cómo me calificaba. Yo firmé la evaluación, puse mi propio comentario. Todo estaba bien, o al menos eso creía.
No había notado cuánto calor hace realmente aquí afuera. Cómo iba a notarlo, diez a doce horas del día encerrada en ese congelador, sin poder salir de vez en cuando a percatarme si el cielo sigue allá arriba de vez en cuando. Ni una miserable ventana. Nada. Pero aquí sí que hace calor. Falta que me va a hacer el abrigo. Si no lo traía mi mamá hubiera sospechado.
Me siento un poco tonta, dando vueltas. Espero no encontrarme con nadie, no tengo problemas en dar explicaciones después, pero no ahora, por favor. Menos a mi mamá. Hoy la vi mejor, quiso salir a despedirme hasta la puerta. Qué tortura. Ayer había pensado contarle todo por la mañana pero me pasé la noche tratando de ver televisión, sin enterarme de nada, hasta que amaneció y me dí cuenta que no iba a poder. Estaba demasiado atontada, necesitaba pensar.
Y estoy pensando. En la porquería a la que le he dedicado casi un año de mi vida. No, vamos, no porquería. Hay cosas que hice, que yo hice, de las que me puedo sentir orgullosa. Lo demás que se vaya al diablo. No quiero acordarme de eso pero hay que hacerlo. Al mal paso darle prisa y todas esas cosas.
Pero es que ¿lo hice todo tan mal, de verdad? ¿Era tan prescindible? Me pregunto quién va a hacer las entrevistas que tenía para hoy. La gente que quedé en llamar, los que iban a llamarme… ¿Qué les dirán? Artemisa ya no trabaja con nosotros. Me lo imagino. ¿A quién le darán mi escritorio? Ni siquiera tuve tiempo de volver a arreglar mis archivos, de borrar mis documentos, mi agenda… Hubiera borrado todos mis contactos, mis emails. No pude llevarme ni mis papeles personales. Tendría que pedírselos a Carmen, pero no quiero causarle problemas.
¿Por qué lo habrán hecho? No fue culpa mía, sé que no fue culpa mía, teníamos proyectos, cosas urgentes por hacer, ideas, propuestas… que por otra parte hará otra persona en mi lugar, o se irán al tacho.
Será mejor que busque un lugar donde comer. Debería ir al banco, pero no quiero volver a ver ese maldito cheque. Sí, maldito. Quizá le pida a mi hermana que lo cambie, cuando le haya contado todo. Sería bueno ir a visitarla. No pasarme el día en la calle, donde parece que todo el que pasa me lee en la frente lo desempleada que estoy.
Todo el mundo debe estar comentándolo ahora, en la oficina. Deben haber nombrado a la pobre Artemisa más que en los cuatrocientos días que estuvo presente, y nadie se daba cuenta de que andaba por allí. ¿Lo sabrán las chicas? No pude ni despedirme de ellas. ¿Les mando un mensaje? Es lo único que me da pena, lo único que voy a extrañar de ese cochino lugar.
Mensaje de Fernanda. Si Dios no te abrió esta puerta, es porque te tiene otras mejores. Bueno, bien hecho. Que la próxima vez no me deje tocar el timbre y entrar. Otro mensaje: Que se pudran sin ti. Sí, que se pudran.
No, claro que no es lo único. Necesitaba ese trabajo. Necesito otro trabajo. Volver a buscar, volver a tontear, volver a aguantarme las preguntas de si tengo cargas familiares y cuáles son mis aspiraciones.
Pero algún día se han de ir. La vida da vueltas, al menos eso dicen. Serán viejos veinte o treinta años antes que yo, y entonces, si hay un poquito de justicia, me los volveré a encontrar. ¿Dónde voy a estar? No me puedo alejar demasiado. Quiero verlo. Quiero saber. Quizá tener los amigos equivocados, como dice Andrea, es lo que me metió en este lío. Ya saben, la gente que uno conoce de toda la vida, del colegio, de la universidad, gente que te llama y que te invita a salir, gente que termina trabajando para la competencia, y que quizá no cuenta con la aprobación de tu eventual patrón/amo/empleador.
Quizá. Pero pienso seguir teniendo los mismos amigos equivocados –derecho de asociación, que le llaman- porque ellos son los que me darán a su tiempo la información que quiero. Así como alguien, de cuyo nombre no quiero enterarme, fue y divulgó mis asuntos, mis personales y para ellos insignificantes asuntos, quiero mi contraparte. Quiero saber cuando el sistema se deshaga de esa brillante generación, sin gratitud ni memoria, y podamos compartir nuestra común experiencia. ¿Se imaginan? Puede que yo me haya quedado sin pertenecer a la gran familia. Pero eso no quita que vuelva un día a ponerles mi ofrenda floral en la cripta.
Es una reacción normal la que estoy teniendo ¿no? Quiero decir, algo de venganza he de alentar, sería muy raro que no lo hiciera. Pero es extraño. No logro sentirme furiosa. Asqueada, sí. Pero es un asco adormecido. Como si me hubieran anestesiado. Será el shock. Porque lo que son ellos, no me pusieron las cosas fáciles, precisamente. Firme aquí. Tenga su cheque, me dijo el muy imbécil, sonriendo como si me lo estuviera regalando, tan lindo él, después de haberme soltado en mi cara que me tenía que ir por mi bajo rendimiento.
¡Bajo rendimiento, en serio! Me pregunto… No, Fernanda no sería capaz de eso. Ví perfectamente cómo me calificaba. Yo firmé la evaluación, puse mi propio comentario. Todo estaba bien, o al menos eso creía.
No había notado cuánto calor hace realmente aquí afuera. Cómo iba a notarlo, diez a doce horas del día encerrada en ese congelador, sin poder salir de vez en cuando a percatarme si el cielo sigue allá arriba de vez en cuando. Ni una miserable ventana. Nada. Pero aquí sí que hace calor. Falta que me va a hacer el abrigo. Si no lo traía mi mamá hubiera sospechado.
Me siento un poco tonta, dando vueltas. Espero no encontrarme con nadie, no tengo problemas en dar explicaciones después, pero no ahora, por favor. Menos a mi mamá. Hoy la vi mejor, quiso salir a despedirme hasta la puerta. Qué tortura. Ayer había pensado contarle todo por la mañana pero me pasé la noche tratando de ver televisión, sin enterarme de nada, hasta que amaneció y me dí cuenta que no iba a poder. Estaba demasiado atontada, necesitaba pensar.
Y estoy pensando. En la porquería a la que le he dedicado casi un año de mi vida. No, vamos, no porquería. Hay cosas que hice, que yo hice, de las que me puedo sentir orgullosa. Lo demás que se vaya al diablo. No quiero acordarme de eso pero hay que hacerlo. Al mal paso darle prisa y todas esas cosas.
Pero es que ¿lo hice todo tan mal, de verdad? ¿Era tan prescindible? Me pregunto quién va a hacer las entrevistas que tenía para hoy. La gente que quedé en llamar, los que iban a llamarme… ¿Qué les dirán? Artemisa ya no trabaja con nosotros. Me lo imagino. ¿A quién le darán mi escritorio? Ni siquiera tuve tiempo de volver a arreglar mis archivos, de borrar mis documentos, mi agenda… Hubiera borrado todos mis contactos, mis emails. No pude llevarme ni mis papeles personales. Tendría que pedírselos a Carmen, pero no quiero causarle problemas.
¿Por qué lo habrán hecho? No fue culpa mía, sé que no fue culpa mía, teníamos proyectos, cosas urgentes por hacer, ideas, propuestas… que por otra parte hará otra persona en mi lugar, o se irán al tacho.
Será mejor que busque un lugar donde comer. Debería ir al banco, pero no quiero volver a ver ese maldito cheque. Sí, maldito. Quizá le pida a mi hermana que lo cambie, cuando le haya contado todo. Sería bueno ir a visitarla. No pasarme el día en la calle, donde parece que todo el que pasa me lee en la frente lo desempleada que estoy.
Todo el mundo debe estar comentándolo ahora, en la oficina. Deben haber nombrado a la pobre Artemisa más que en los cuatrocientos días que estuvo presente, y nadie se daba cuenta de que andaba por allí. ¿Lo sabrán las chicas? No pude ni despedirme de ellas. ¿Les mando un mensaje? Es lo único que me da pena, lo único que voy a extrañar de ese cochino lugar.
Mensaje de Fernanda. Si Dios no te abrió esta puerta, es porque te tiene otras mejores. Bueno, bien hecho. Que la próxima vez no me deje tocar el timbre y entrar. Otro mensaje: Que se pudran sin ti. Sí, que se pudran.
No, claro que no es lo único. Necesitaba ese trabajo. Necesito otro trabajo. Volver a buscar, volver a tontear, volver a aguantarme las preguntas de si tengo cargas familiares y cuáles son mis aspiraciones.
Pero algún día se han de ir. La vida da vueltas, al menos eso dicen. Serán viejos veinte o treinta años antes que yo, y entonces, si hay un poquito de justicia, me los volveré a encontrar. ¿Dónde voy a estar? No me puedo alejar demasiado. Quiero verlo. Quiero saber. Quizá tener los amigos equivocados, como dice Andrea, es lo que me metió en este lío. Ya saben, la gente que uno conoce de toda la vida, del colegio, de la universidad, gente que te llama y que te invita a salir, gente que termina trabajando para la competencia, y que quizá no cuenta con la aprobación de tu eventual patrón/amo/empleador.
Quizá. Pero pienso seguir teniendo los mismos amigos equivocados –derecho de asociación, que le llaman- porque ellos son los que me darán a su tiempo la información que quiero. Así como alguien, de cuyo nombre no quiero enterarme, fue y divulgó mis asuntos, mis personales y para ellos insignificantes asuntos, quiero mi contraparte. Quiero saber cuando el sistema se deshaga de esa brillante generación, sin gratitud ni memoria, y podamos compartir nuestra común experiencia. ¿Se imaginan? Puede que yo me haya quedado sin pertenecer a la gran familia. Pero eso no quita que vuelva un día a ponerles mi ofrenda floral en la cripta.
miércoles, agosto 17, 2005
Tripulación
- ¿A dónde vamos, capitán?
- No preguntes. ¿Terminaste ya de recoger las cuerdas?
- Sí. Pero, ¿a dónde vamos?
- ¿De qué te serviría saber?
- Estaría listo. Sabría si es frío o cálido. Si debo esperar hospitalidad, o llevar mi armadura. Si habrá dónde comprar chicles o mejor voy guardando comida. Si llevo los zapatos todo terreno, o basta con un par de...
- Hagas lo que hagas no vas a estar preparado. Y lo que más te conviene ahora, lo que más te serviría es no saber nada. Así, todo lo que veas te sorprenderá. Todo será nuevo e inesperado, y te crecerán los ojos de tanto mirar. No vas a conocer el aburrimiento, ni la certeza. Vas a aprender a esperar.
- Verás, en ese caso no creo que dure mucho, porque con el mismo asombro ante cielos verdes y flores de agua, entraría sin saberlo en el terreno de una fiera desconocida y adiós Pascual, gusto en verte. ¿Y qué va a quedar entonces de mi sorpresa? Ni las migajas.
- Guarda silencio. No has entendido nada de lo que te he dicho. Tu impaciencia de criatura joven te hace el candidato perfecto a la aventura.
- Y a la desventura.
- Y a la desventura. Pero ¿qué haces ahí parado mirando la costa? ¿No te has despedido ya? ¿Tienes contigo todo lo que vas a llevar?
- Pues para ti ya son muchas preguntas, ¿no capitán? Que si miro la costa, ¡como si fuera a volverla a ver en toda mi vida! ¿De quién me voy a despedir? Tú y yo vamos conmigo. Y como gracias a tus sabios consejos no tengo idea de lo que he de llevar, mejor me llevo rápido a mí mismo, antes de que me arrepienta.
- ¿Te arrepentirías? ¿Me abandonarías en el viaje?
- Sigues preguntando. ¿Tengo opciones? He de partir porque lo dices, y porque vas. No sé qué esperas encontrar, o qué quieres que encuentre, pero allá vamos. Me asombraré y me caeré; me echaré a perder y me recuperaré; daré vueltas sin llegar a ningún lado y, algún día, creeré que, oh, me he hallado a mí mismo aunque siga siendo el de siempre. Voy porque no sabría quedarme solo, y porque no en vano me has heredado la curiosidad. Yo también quiero saber lo que pasa. Solo que me gustaría descubrir un poquito ahora, antes de poner el pie en la trampa.
- Es apenas justo. Podría decírtelo. Podrías saber, pero entonces ya no querrías. Y es necesario que vayas. No sabes tú mismo cuánto lo deseas, ni quién serás cuando vuelvas aquí. Te aterraría cuanto te dijera. Y preferirías, quizá, quedarte aquí solo. No, no lo harías. Te tendría dividido entre lo uno y lo otro, y entonces nunca volverías a estar entero. Has de ir. No hay otra forma.
- Y si no la hay, ¿podrías irme adelantando algo, ya que las cuerdas están sueltas, la costa ya no se divisa, y ni siquiera el olor de mi antiguo hogar me llega a las narices? Quiero olvidarlo pronto, y no tengo más en qué pensar si no es a dónde voy.
- ¿Tienes miedo?
- Sí lo tengo. No soy como tú. Cualquier cosa puede pasarme. Y no tengo porque la imaginación anda suelta y puedo pensar en este mismo momento en las peores cosas que me pueden pasar. ¿Cómo evitarlas? No lo sé. El miedo no me prepara. Quizá me dé fuerzas en el momento indicado, pero ahora me las quita. Y entonces tengo y no tengo miedo.
- Podemos regresar, si quieres. Olvidar el viaje, y lo que verías.
- No. Ya no podemos. Estamos demasiado lejos y a esta distancia ya sé que quiero ir, y que quiero descubrirlo todo. Cuéntame mejor qué haré cuando me canse, cuando me aburra, ¿o es tan maravilloso ese mundo al que vamos? No lo creo. Podrías empezar por decirme que, cuando lleguemos, vas a abandonarme. Que al poco me olvidaré de ti, y quizá un día ya no sepa cómo eras. No me acordaré de tu cara, ni de tu risa, ni de tus palabras. Pensaré que fuiste un sueño de una vida anterior, y seguiré preguntándome para qué fui hasta allá. Cómo llegué. Soñaré contigo, y te reinventaré cuando de veras te extrañe. Pero no serás tú.
¿No me dices nada? Ahora sé que vas a dejarme. Sabes, si quieres detén todo ahora. Puedo bajarme. Desde aquí iré solo.
- ¿Eso crees?
- A menos que me dijeras lo contrario... Pero no. Si vinieras conmigo seguirías siendo el capitán. Todo lo hallarías tú, el mérito sería todo tuyo. Y hoy dejas de serlo. No sé hasta cuándo. Hasta que nos veamos, capitán. Podríamos habernos quedado, tú y yo, en nuestra costa, con mis preguntas y tus respuestas. Ahora yo estoy respondiendo, y tú callas. ¿Estás orgulloso, capitán? ¿Capitán? Epa... no me has dejado ni las cuerdas.
- No preguntes. ¿Terminaste ya de recoger las cuerdas?
- Sí. Pero, ¿a dónde vamos?
- ¿De qué te serviría saber?
- Estaría listo. Sabría si es frío o cálido. Si debo esperar hospitalidad, o llevar mi armadura. Si habrá dónde comprar chicles o mejor voy guardando comida. Si llevo los zapatos todo terreno, o basta con un par de...
- Hagas lo que hagas no vas a estar preparado. Y lo que más te conviene ahora, lo que más te serviría es no saber nada. Así, todo lo que veas te sorprenderá. Todo será nuevo e inesperado, y te crecerán los ojos de tanto mirar. No vas a conocer el aburrimiento, ni la certeza. Vas a aprender a esperar.
- Verás, en ese caso no creo que dure mucho, porque con el mismo asombro ante cielos verdes y flores de agua, entraría sin saberlo en el terreno de una fiera desconocida y adiós Pascual, gusto en verte. ¿Y qué va a quedar entonces de mi sorpresa? Ni las migajas.
- Guarda silencio. No has entendido nada de lo que te he dicho. Tu impaciencia de criatura joven te hace el candidato perfecto a la aventura.
- Y a la desventura.
- Y a la desventura. Pero ¿qué haces ahí parado mirando la costa? ¿No te has despedido ya? ¿Tienes contigo todo lo que vas a llevar?
- Pues para ti ya son muchas preguntas, ¿no capitán? Que si miro la costa, ¡como si fuera a volverla a ver en toda mi vida! ¿De quién me voy a despedir? Tú y yo vamos conmigo. Y como gracias a tus sabios consejos no tengo idea de lo que he de llevar, mejor me llevo rápido a mí mismo, antes de que me arrepienta.
- ¿Te arrepentirías? ¿Me abandonarías en el viaje?
- Sigues preguntando. ¿Tengo opciones? He de partir porque lo dices, y porque vas. No sé qué esperas encontrar, o qué quieres que encuentre, pero allá vamos. Me asombraré y me caeré; me echaré a perder y me recuperaré; daré vueltas sin llegar a ningún lado y, algún día, creeré que, oh, me he hallado a mí mismo aunque siga siendo el de siempre. Voy porque no sabría quedarme solo, y porque no en vano me has heredado la curiosidad. Yo también quiero saber lo que pasa. Solo que me gustaría descubrir un poquito ahora, antes de poner el pie en la trampa.
- Es apenas justo. Podría decírtelo. Podrías saber, pero entonces ya no querrías. Y es necesario que vayas. No sabes tú mismo cuánto lo deseas, ni quién serás cuando vuelvas aquí. Te aterraría cuanto te dijera. Y preferirías, quizá, quedarte aquí solo. No, no lo harías. Te tendría dividido entre lo uno y lo otro, y entonces nunca volverías a estar entero. Has de ir. No hay otra forma.
- Y si no la hay, ¿podrías irme adelantando algo, ya que las cuerdas están sueltas, la costa ya no se divisa, y ni siquiera el olor de mi antiguo hogar me llega a las narices? Quiero olvidarlo pronto, y no tengo más en qué pensar si no es a dónde voy.
- ¿Tienes miedo?
- Sí lo tengo. No soy como tú. Cualquier cosa puede pasarme. Y no tengo porque la imaginación anda suelta y puedo pensar en este mismo momento en las peores cosas que me pueden pasar. ¿Cómo evitarlas? No lo sé. El miedo no me prepara. Quizá me dé fuerzas en el momento indicado, pero ahora me las quita. Y entonces tengo y no tengo miedo.
- Podemos regresar, si quieres. Olvidar el viaje, y lo que verías.
- No. Ya no podemos. Estamos demasiado lejos y a esta distancia ya sé que quiero ir, y que quiero descubrirlo todo. Cuéntame mejor qué haré cuando me canse, cuando me aburra, ¿o es tan maravilloso ese mundo al que vamos? No lo creo. Podrías empezar por decirme que, cuando lleguemos, vas a abandonarme. Que al poco me olvidaré de ti, y quizá un día ya no sepa cómo eras. No me acordaré de tu cara, ni de tu risa, ni de tus palabras. Pensaré que fuiste un sueño de una vida anterior, y seguiré preguntándome para qué fui hasta allá. Cómo llegué. Soñaré contigo, y te reinventaré cuando de veras te extrañe. Pero no serás tú.
¿No me dices nada? Ahora sé que vas a dejarme. Sabes, si quieres detén todo ahora. Puedo bajarme. Desde aquí iré solo.
- ¿Eso crees?
- A menos que me dijeras lo contrario... Pero no. Si vinieras conmigo seguirías siendo el capitán. Todo lo hallarías tú, el mérito sería todo tuyo. Y hoy dejas de serlo. No sé hasta cuándo. Hasta que nos veamos, capitán. Podríamos habernos quedado, tú y yo, en nuestra costa, con mis preguntas y tus respuestas. Ahora yo estoy respondiendo, y tú callas. ¿Estás orgulloso, capitán? ¿Capitán? Epa... no me has dejado ni las cuerdas.
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