miércoles, julio 05, 2006

milagroso

El viejo príncipe estaba harto. Todos lo creían tan sabio e iluminado que no tenía un momento de paz. Debía permanecer día y noche expuesto, para que cualquiera que necesitara de sus consejos pudiera acercársele. Y había tantos. No podía comer, no podía dormir, no podía beber. El viejo príncipe tenía fama de asceta, y lo que llevaba era la vida de un condenado.

Hasta que apareció un día, junto al escabel donde sus pies supuestamente descansaban, un aparato oblongo, negro y frío, orlado de gotas de distintos colores. El viejo príncipe oía para entonces la desesperante historia de un viejo mercader que no sabía si invertir todo cuanto había ganado en su último negocio, o solo las tres cuartas parte, o solo la mitad, porque no era seguro de si ganaría el doble, o el triple, o céntuple...

El viejo príncipe se agachó y recogió ese extraño objeto inanimado, y tocó uno de los múltiples ojos redondos. En ese momento, los lloros del mercador desaparecieron, aunque el hombre seguía allí, seguramente calculando su posible ganancia. Entonces el príncipe miró a su alrededor, y con una suave presión de su dedo, apagó el sol, que a diario le quemaba. Apagó las voces de los que esperaban en largas filas para pedirle ayuda. Apagó los pájaros, que armaban tanto escándalo. Apagó su nombre para que nadie se acordara de buscarlo. Y apagó, apagó, apagó uno a uno todo lo que durante días y noches lo había hecho miserable, a pesar de su corona real, y sus doradas galas.

Y luego permaneció durante largo tiempo sentado, en la oscuridad, escuchando cosas insospechadas. A las hormigas. A los gusanos. A las cigarras.

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