lunes, junio 05, 2006

deo

¿Han visto qué lindo este lugar? Es mi favorito para venir a tomar un descanso. No hace ni mucho frío ni mucho calor, ni mucho viento ni mucha calma, ni mucha bulla ni mucho silencio. No hay demasiado de nada.

Me vengo todas las tardes, después del cafecito, a instalar aquí, y a veces creo que me quedo dormida, pero no sabría decir si es un parpadeo o son horas, cuando despierto apenas si ha cambiado el cielo. Me gusta mirar la ciudad, toda, las partes bonitas y las partes feas, como una niña que no se ha lavado bien la cara y quiere regresar cuanto antes a seguir con sus juegos. Hasta cuando no lo intenta, es hermosa.

Dicen que esa reja que está ahí, junto al muro, lleva a un cementario. Pero no veo cruces, no veo ángeles. Está cubierta de hierba, y todo lo que alcanzo a ver son montoncitos de piedras. Son para los no crédulos, me parece, o así me lo dijeron, ya se me empieza a olvidar. Entonces la gente ni cuando se muere es igual, no es lo mismo un muerto que cree -sabrá Dios en qué- que uno que no cree -sospecho que ahí también es Dios el único que sabe-.

Me pregunto en qué creo yo, y en si me está permitido imaginarme a mi propio Dios, mi deidad sin rostro y sin rumbo fijo. Un Dios que ríe y que llora, que se complace en lo ridículo y en lo sublime. Que no se queda quieto. Que cuando está triste se queda en silencio, y cuando entra en cólera, se traslada a lo más profundo hasta que se olvida del percance. Me gusta mi Dios, así como lo pienso, con sus preguntas incontestables y sus respuestas personalizadas. Con su hacerse cargo y su saber callar.

Se me hace que mi Dios es distinto, muy distinto al de los otros hombres y mujeres. Así debe ser. También yo soy diferente. Por eso es único, y por eso es el mismo. Mi Dios tiene cabello y ojos oscuros, no demasiado alto, y habla en castellano. De seguro eso ofende a los otros tipos raciales y lingüísticos. A mi Dios no le molesta. Como hace tiempo que me conoce, ya aprendió a leer todas mis letras, sabe que no lo estoy etiquetando. A veces, se detiene y se sienta a mi lado, y me observa. Se complace en verme repetirlo, contemplando el mundo que hemos construido sobre el mundo que él primero construyó. Hasta se complace en verme perdida en mis universos ficticios, porque sabe por experiencia propia lo bien que se siente.

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