lunes, noviembre 20, 2006

exequias

Ya casi no faltaba nada. Más que don Mario apareciera con la plata para terminar de pagar lo de la sala. Los invitados ya se estaban poniendo nerviosos. Hacía rato que esperaban poder salir. Y cada hora aumentaba el costo. ¿Dónde estaba don Mario?

Los sobrinos miraban el techo, miraban las flores, miraban el suelo, todo menos mirarse entre ellos o a otros, porque evidentemente, se esperaba que fueran ellos los que se pronunciaran. No el viejo don Mario, que quién sabe qué mecanismos tendría que emplear para conseguir el dinero y terminar de pagar el alquiler de aquel espacio. La alimentación de la gente la había cubierto él. Las flores y la música las había pagado él. (Los sobrinos se habían quejado que el mariachi había sido de muy mal gusto). Solo faltaba que el resto de la ceremonia lo terminara pagando don Mario.

Las tías, que permanecían sentadas juntas, afanándose una a una las flores de los arreglos y escondiéndolas en sus bolsos con aroma a alcanfor, miraban en derredor con desconfianza, y murmuraban lo sospechoso que era que un amigo se preocupara tanto por otro, después de tantos años. Que don Mario siempre les había parecido un poco raro. Más que un poco. Rarísimo. No era posible. Que se interesara en esos detalles cuando ya era tan viejo que no le quedaba más que pensar en símismo. O al menos eso decían las tías, no tan viejas pero muy pendientes cada cual de sus propios asuntos. Lo que era, sin embargo, extraño, es que a ninguna de ellas le pareciera fuera de sitio que alguien que no fuera de la familia estuviera haciendo el gasto, mientras que la sangre joven rondaba en torno a la puerta, con las llaves en la mano, lista para irse a la primera señal de que podían hacerlo.

Solo faltaba don Mario.

Pero don Mario no apareció. Y dieron las doce, y el administrador se acercó a intentar llamar la atención de alguno de los sobrinos. Y dieron las tres, y los menos disimulados se despidieron. Y dieron las cinco, y los nervios de la familia ya no podían más, ¿dónde estaba ese viejo irresponsable?

Veinte antes de las siete, los de la Junta vinieron a decir que, a menos que cancelaran todo y un extra, la sala tenía que ser desocupada para alojar otro funeral. Las tías se morían de vergüenza. Los sobrinos, discutiendo cuánto le tocaba a cada uno, empezaron sudar frío. Cuatro muchachos de camisa blanca y corbatas azules fueron a desmontar el féretro.

Alguien notó que estaba ligero, el muertito.





En el cementerio general, don Mario observaba mientras terminaban de pintar las letras y la fecha en la lápida. Empezaba a soplar el viento, y el pelo que llevaba un poco largo le hizo cosquillas en la cara, y se acordó de algo, y rió un poco.

(En realidad, diremos que pensó, que nunca le había dado la dirección de la bóveda a los sobrinos.)

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