Un mundo redondo y metálico flotando en una espesa niebla marrón. Buscamos vida. Suelos y paredes lisas. Ni un soplo de polvo. Descendemos suavemente, pero igual oímos las ruedas siseando en la superficie. Frío y sin viento. Un sol en saliente y otro en poniente. Una depresión en el centro, aparentemente inofensiva. ¿Quién sabe? Rodeamos los bordes con precaución. No parece que viviera aquí nada ni nadie. Bajo el suelo gris no parece haber agua, ni vacío, ni nada más que metal. Inercia. Vinimos en vano, atraídos por el brillo antinatural de la atmósfera, creo que eso debió habernos desalentado desde un principio. Estábamos tan entusiasmados.
Exploramos un poco más. El piloto dice que embarquemos, y no alcanzamos a llegar a la escalerilla cuando el planeta empieza a girar con nosotros encima, nave y tripulación, una rotación suave pero continua, hacia el oeste. Nos sujetamos ¿de qué? No hay accidentes más que esa hendidura con una especie de torre de observación en el centro. Caemos hasta la base de la torre. De repente, un estruendo, un golpe, y todo lo que habíamos avanzado, lo retrocedemos en forma violenta, hasta que, con un golpe seco, todo queda en calma otra vez. Pero entonces, justo entonces, la niebla en la que habíamos flotado hasta llegar al extraño planeta parece venirse sobre nosotros. Sí, se mueve, pero no nos comprime porque vamos como en un barco, flotando sobre ella. Cuánto nos hablemos desplazado, quién sabe. Desde ese momento ha pasado tanto, y aún no encontramos la manera de salir de la oscuridad a la que hemos venido a parar.
A veces, vemos pasar muy cerca una estrella.
sábado, agosto 27, 2005
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