Recuerdo cómo eran tus ojos. Tus ojos así, en plural, antes de que empezaras a cubrirte con el cabello la mitad izquierda de la cara. Tu expresión siempre alerta, casi insolente, decidida. ¿Qué había por hacer que tú no pudieras? Era irritante oírte hablar, pero uno no podía alejarse ni dejar de observarte, porque ni siquiera eras consciente de que todos aquellos rebeldes conceptos que defendías con ardor habían sido alentados ya por nosotros, cuando éramos tanto o más jóvenes que tú. Y sin embargo creías tener la razón, y nos despreciabas por haber renunciado hacía tiempo a lo que para ti era la verdad. Decadentes, nos llamaste.
Tenías razón en cuanto dijiste. Pero nuestra lúcida decadencia nos tiene aquí, ilesos, mientras tú te ocultas y nos miras de reojo. No creas que encuentro placer en esto. Quería que supieras, que reconocieras que, aunque lo que decías era verdad, era también absurdo e impracticable, quería que admitieras que no eras capaz, como nosotros no habíamos sido capaces.
Pero no así. No quería verte huirnos, no quería que callaras para siempre y que se te perdiera toda la inspiración. Ya no puedes reírte siquiera, acompañarnos en nuestros cinismos diarios y encontrar en compañía el consuelo de reírse de uno mismo. Porque quisiste ir más allá, donde sabíamos que encontrarías algo peor que la nada, y te estrellaste, y te vimos caer y no pudimos hacer nada.
Ese día perdiste un ojo, y todo tu valor. No volviste a mirarnos a la cara, y aún estoy tratando de decidir qué sería peor: no volver a ver ni un asomo de ti porque no nos dejas, o que de repente levantes la cara, y encontrarnos con lo que te queda.
viernes, agosto 19, 2005
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario