jueves, agosto 18, 2005

Día libre

Algún día ellos también se van a ir. Y entonces vamos a ver qué pasa con sus caras de satisfacción, de seres inamovibles, aposentados de una vez y para siempre en las glorias de sus oficina king size.

Es una reacción normal la que estoy teniendo ¿no? Quiero decir, algo de venganza he de alentar, sería muy raro que no lo hiciera. Pero es extraño. No logro sentirme furiosa. Asqueada, sí. Pero es un asco adormecido. Como si me hubieran anestesiado. Será el shock. Porque lo que son ellos, no me pusieron las cosas fáciles, precisamente. Firme aquí. Tenga su cheque, me dijo el muy imbécil, sonriendo como si me lo estuviera regalando, tan lindo él, después de haberme soltado en mi cara que me tenía que ir por mi bajo rendimiento.

¡Bajo rendimiento, en serio! Me pregunto… No, Fernanda no sería capaz de eso. Ví perfectamente cómo me calificaba. Yo firmé la evaluación, puse mi propio comentario. Todo estaba bien, o al menos eso creía.

No había notado cuánto calor hace realmente aquí afuera. Cómo iba a notarlo, diez a doce horas del día encerrada en ese congelador, sin poder salir de vez en cuando a percatarme si el cielo sigue allá arriba de vez en cuando. Ni una miserable ventana. Nada. Pero aquí sí que hace calor. Falta que me va a hacer el abrigo. Si no lo traía mi mamá hubiera sospechado.

Me siento un poco tonta, dando vueltas. Espero no encontrarme con nadie, no tengo problemas en dar explicaciones después, pero no ahora, por favor. Menos a mi mamá. Hoy la vi mejor, quiso salir a despedirme hasta la puerta. Qué tortura. Ayer había pensado contarle todo por la mañana pero me pasé la noche tratando de ver televisión, sin enterarme de nada, hasta que amaneció y me dí cuenta que no iba a poder. Estaba demasiado atontada, necesitaba pensar.

Y estoy pensando. En la porquería a la que le he dedicado casi un año de mi vida. No, vamos, no porquería. Hay cosas que hice, que yo hice, de las que me puedo sentir orgullosa. Lo demás que se vaya al diablo. No quiero acordarme de eso pero hay que hacerlo. Al mal paso darle prisa y todas esas cosas.

Pero es que ¿lo hice todo tan mal, de verdad? ¿Era tan prescindible? Me pregunto quién va a hacer las entrevistas que tenía para hoy. La gente que quedé en llamar, los que iban a llamarme… ¿Qué les dirán? Artemisa ya no trabaja con nosotros. Me lo imagino. ¿A quién le darán mi escritorio? Ni siquiera tuve tiempo de volver a arreglar mis archivos, de borrar mis documentos, mi agenda… Hubiera borrado todos mis contactos, mis emails. No pude llevarme ni mis papeles personales. Tendría que pedírselos a Carmen, pero no quiero causarle problemas.

¿Por qué lo habrán hecho? No fue culpa mía, sé que no fue culpa mía, teníamos proyectos, cosas urgentes por hacer, ideas, propuestas… que por otra parte hará otra persona en mi lugar, o se irán al tacho.

Será mejor que busque un lugar donde comer. Debería ir al banco, pero no quiero volver a ver ese maldito cheque. Sí, maldito. Quizá le pida a mi hermana que lo cambie, cuando le haya contado todo. Sería bueno ir a visitarla. No pasarme el día en la calle, donde parece que todo el que pasa me lee en la frente lo desempleada que estoy.

Todo el mundo debe estar comentándolo ahora, en la oficina. Deben haber nombrado a la pobre Artemisa más que en los cuatrocientos días que estuvo presente, y nadie se daba cuenta de que andaba por allí. ¿Lo sabrán las chicas? No pude ni despedirme de ellas. ¿Les mando un mensaje? Es lo único que me da pena, lo único que voy a extrañar de ese cochino lugar.

Mensaje de Fernanda. Si Dios no te abrió esta puerta, es porque te tiene otras mejores. Bueno, bien hecho. Que la próxima vez no me deje tocar el timbre y entrar. Otro mensaje: Que se pudran sin ti. Sí, que se pudran.

No, claro que no es lo único. Necesitaba ese trabajo. Necesito otro trabajo. Volver a buscar, volver a tontear, volver a aguantarme las preguntas de si tengo cargas familiares y cuáles son mis aspiraciones.

Pero algún día se han de ir. La vida da vueltas, al menos eso dicen. Serán viejos veinte o treinta años antes que yo, y entonces, si hay un poquito de justicia, me los volveré a encontrar. ¿Dónde voy a estar? No me puedo alejar demasiado. Quiero verlo. Quiero saber. Quizá tener los amigos equivocados, como dice Andrea, es lo que me metió en este lío. Ya saben, la gente que uno conoce de toda la vida, del colegio, de la universidad, gente que te llama y que te invita a salir, gente que termina trabajando para la competencia, y que quizá no cuenta con la aprobación de tu eventual patrón/amo/empleador.

Quizá. Pero pienso seguir teniendo los mismos amigos equivocados –derecho de asociación, que le llaman- porque ellos son los que me darán a su tiempo la información que quiero. Así como alguien, de cuyo nombre no quiero enterarme, fue y divulgó mis asuntos, mis personales y para ellos insignificantes asuntos, quiero mi contraparte. Quiero saber cuando el sistema se deshaga de esa brillante generación, sin gratitud ni memoria, y podamos compartir nuestra común experiencia. ¿Se imaginan? Puede que yo me haya quedado sin pertenecer a la gran familia. Pero eso no quita que vuelva un día a ponerles mi ofrenda floral en la cripta.

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