jueves, julio 14, 2005

Capítulo I (sí, ya, te creo)

Me he divertido horrores escribiendo esta cosa, y sobre todo inventándome los nombres. Voy con un método medio raro. Me hago una lista de nombres imposibles y luego, en ese orden, o casi para no ponerse intransigentes, los voy introduciendo en el relato. Planeo darle continuación nada más por lo mucho que me ha gustado el escribirlo. No creo que llegue a ser una obra maestra de la fantasía ni mucho menos, pero no importa porque causa tanto placer como estar leyendo algo muy bueno.


A Honmosrod no le gustaba esperar. Tenía muchos años, y poca paciencia. A su edad, yo ya me habría acostumbrado a que las cosas rara vez suceden en el momento exacto en que uno las quiere, pero Honmosrod seguía pensando -siempre lo había pensado- que puesto que él era él, su existencia le daba significado al universo, y este debía corresponderle actuando de acuerdo a sus deseos.

Esta vez, Honmosrod no estaba aguardando por comida, que siempre es una buena razón. No estaba esperando por agua, que es, quizá, las más grande de las razones si vives en un lugar como el suyo, el reseco y azulado Zoendem. Tampoco es que deseara ver llegar a ninguno de sus amigos. Honmosrod esperaba a Siercha, aunque, hasta ayer, si le hubieran sugerido que llegaría la hora en que ansiaría hablar con el resbaloso ser, se hubiera reído con ganas.

Siercha se hacía esperar, y Honmosrod se retorcía de inquietud. No tenía miedo, ¿a qué? El pequeño tiaersay apenas si estaba recubierto de blandas escamas, no tenía huesos que le permitieran ponerse erguido, y el veneno de sus pequeños dientes no hubiera alcanzado ni para causarle comezón.

Pero hay cosas que consumen más que el miedo. La curiosidad es una de ellas. Si bien Honmosrod no se caracterizaba por ser una criatura inquisitiva, esta vez necesitaba saber.

Siercha ya estaba allí. Sí, era él. O ella. Tratándose de un tiaersay ni yo, que se supone que conozco esta historia como las arrugas de mis manos (y tengo muchas), podría estar seguro. Lo que sí era cierto es que iba a cambiar el curso de las cosas para el gigante tolkapol que lo esperaba, y Siercha lo sabía muy bien. Quizá por eso la demora, quizá por eso el paso deliberadamente lento con que se acercaba.

Por el gran Keundit, se dijo Honmosrod. No podía mostrar desesperación. No ante un miserable tiaersay de nada. Ninguno se hubiera atrevido a afirmar que el tolkapol tuviera miedo, dada su rotunda estampa, solo igualada por las montañas de Ziav, o por los robustos árboles Undurnemen que crecían en los bosques de Yolda.

Pero se notaba. En el ondear de su pelaje espeso. En el girar de las pupilas rojizas y, sobre todo, en el olor. Un tolkapol siempre llevaba el perfume de los raquíticos eucaliptos del Zoendem. Pero ahora Honmosrod no olía para nada a eucalipto, y sí a... ojalá pudiera recordarlo, hubo una época en que lo sabía muy bien (vaya si tuve oportunidades) pero hace ya tanto tiempo, y no hay ahora tolkapoles para angustiar, por el simple hecho de que no queda ninguno vivo.

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