Es que no es posible. Recuperarse, caerse, tratar de estar bien otra vez. Ni un día de sanidad y vuelta a la misma locura. Irse a dormir sintiéndose como quien ve la luz al final del túnel. Y despertar consciente de estar peor que antes. Prometerse que mañana, mañana, mañana...
¿Cuándo fue la última vez que no me dormí para evadir nada?
Dejar el despertador puesto, el teléfono encendido, la angustia activada. A mitad de la noche, con los ojos cerrados, chequear las salidas de emergencia, el cuarto de la madre, los gatos, las plantas.
Todos perdidos sin mí, frágiles sin mí; levantarse por eso con ligeras pisadas, revisar las sombras detrás de los cuadros, soplar telarañas, y volverse a la cama con el pelo revuelto y las pupilas difusas.
Menos mal que la luz sigue apagada.
martes, marzo 21, 2006
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