He tenido la mitad de mi vida la misma pesadilla. No podía dormir. Estaba con los ojos cerrados, pero con los ojos bien abiertos en mi cama, mirando. Los relojes todos pulsan a destiempo. La gente respira. La casa entera se estira, sufre un espasmo, y regresa. Yo me río sin ruido en la oscuridad. Aquí no ha pasado nada.
Si es que mañana se repite, si sigo siendo la estatua de piedra, entonces quizá cambie, entonces quizá no cambie nada. Si me fuera, para no ver más las sombras familiares de mis dedos sobre mi cara, me ahogaría de tanto aire, eso me han dicho.
Mi oasis se acaba dos cuadras más adelante, cuando me deje de importar y deje de tener un nombre, y a nadie le parezca que pasé por allí. Mi oasis se cierra sobre mí, y no quiero contar esas historias. No quiero pausas para luego seguir el ciclo, no quiero treguas, no quiero esperanzas.
Que estalle o que implosione. Que me muera o viva a medias. No creo que me ahogue. Qué tal si busco yo, si me invento mis propias opciones, y después hablamos, cuando se hayan pasado los remordimientos y los cuartos de hora y las condescendencias. Cuando esté del otro lado haré de la mano, y verán que llegué sin novedad, solo un poco cansada.
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