viernes, septiembre 02, 2005

masoca

Hace frío. Tengo los vellos de los brazos erizados, pobres frágiles ingenuos como todo el que quiere protegerme. Las uñas se me ponen violeta, a estas alturas ya deberían haber aprendido a ponerse de algún otro color. Están un poco largas, podría esperar a llegar a la casa y cortármelas, o podría arrancármelas con los dientes, el resultado no va a variar. Empiezo con la de uno de los meñiques, en un minuto está fuera, uñas débiles, dice mi abuelo, esa mujer no sirve para nada. Pero aún queda algo, cerca del borde, con cuidado, y ya está, me he hecho sangrar. No lastima tanto como si otro me estuviera haciendo daño. Continúo y de verdad que no duele tanto, no me resisto, no hay rencores, me tengo confianza. He causado mis peores heridas. Y no me odio. Será que uno ensaya el perdón consigo mismo. Ahora miro la sangre, mi sangre, y el dolor es casi cómico, lo veo extenderse por mi dedo, el dolor me dice estás viva, ¿será que este también me engaña?

No encuentro nada con qué limpiarme, me llevo el dedo a la boca y allí se queda, tibio, acusador y latente. Empiezo a reprenderme por bruta, ¿qué necesidad había de hacer esto? Pero tengo el recuerdo de tantas veces, e intuyo tantas más, que la voz se ahoga y pronto me olvido, hasta que alguien llega y me dice ¿qué te has hecho? Y yo sonrío, nada, le digo, es que no me di cuenta.

1 comentario:

Luk dijo...

Wow, alguien escribió eso y no fui yo... qué gracioso...
si me vieras las manos... tengo esmalte ácido para evitarlo pero no funciona para nada...

Está bueno lo que escribís, felicitaciones