sábado, mayo 21, 2005

Soy mala para los títulos

Cuando le dije que la amaba, me contestó que eso era lo que yo creía. No entendí por qué siempre tenía que estar cuestionando lo que sentían los demás. Por qué tenía que buscarle la quinta pata al gato, incluso cuando de sus propios sentimientos se trataba. ¿Será que te quiero, o es un simple ataque de feromonas?, me preguntaba, como si estuviera hablando de la gripe. Yo le contestaba, invariablemente, que cuando quieres a alguien no te lo preguntas, lo sabes. Pues eso te funcionará muy bien a ti, me resplicaba ella, muy seria. Pero lo que es yo, no sé nada.

Había veces que no la aguantaba. Deseaba poder ahogarla mientras dormía, o que se ahogara ella sola, para evitarme las investigaciones y el papeleo.

En todas aquellas ocasiones en que traté de acercarme y me alejó con su frialdad, solo podía pensar que estaba siendo injusta conmigo. No había lógica ni ilógica humana que explicara sus acciones, y me mataba pensar que fuera menos que perfecta, que mi ídolo tuviera los pies de tan frágil barro.

Ahora sé que no lo hacía a propósito: estaba siendo sincera. Ella no sabía descifrar sus sensaciones; eran extrañas y nuevas como síntomas de alguna enfermedad no descrita en ningún compendio médico. La emoción de ver a alguien, la nostalgia, el dolor de perder, los experimentaba con una especie de asombro que yo en ese entonces juzgaba pura insanidad. Pero es que no la comprendía. No la comprendimos y por eso fue para nosotros la chica extraña y desapasionada que etiquetamos de común acuerdo. Trátese con cuidado, decía la etiqueta. Solo uso externo, era el chiste común a sus espaldas. Pero nunca hicimos el esfuerzo de entenderla.

¿Qué habrá pensado después, cuando la dejamos sola y cada quién emprendió su vida, llenos de esperanzas? Probablemente, que no éramos tan distintos a ella misma. Que nosotros, que habíamos dedicado horas, días, semanas, a explicarle la intensidad de nuestros sentimientos, no pudimos dedicar ni unos segundos a escucharla. Que, a fin de cuentas, no la amábamos como dijimos. Supongo que se habrá sentido menos culpable por simplemente haberse acostumbrado a nosotros y no habernos amado nunca. Pero lo olvidaba, habría sido incapaz de reconocer la culpa.



Para Reivaj, que siempre tiene una explicación razonable.

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