viernes, noviembre 05, 2004

Prólogo

Y así empezó todo. Un momento estaba sola, esperando el bus tranquilamente sin que nadie la molestara, y al otro ya tenía a un molesto vendedor de inútiles plumas de todos los colores del espectro, más una lapicera gratis, más un borrador, más un set de aguja, hilo y botones de repuesto.

'No, gracias'. 'No, GRACIAS'. 'NO, gracias'. Y el vendedor no se iba. Ganas de estamparle el periódico en la cabeza para que aprenda a molestar cuando una está cansada, acalorada, y contando las pocas horas que podrá dormir porque todavía le falta hacer la tarea.

Inútil tarea que a lo sumo tendrá un siete, porque al profesor le parece que nadie en su curso tiene el criterio suficiente para sacarse un diez. Inútil profesor que no tiene las suficientes circunvoluciones cerebrales como para preparar la clase como es debido, si no que se la pasa leyéndoles pasajes del libro de texto, como si ellos no supieran leer solitos. Inútil libro de texto, que no hace más que repetir lo mismo y lo mismo, hasta que la hora y media de clase se convierte en un interminable dejá vu.

Se fue caminando a la casa, a ver si así se calmaba un poco, y se sacudía de encima al vendedor, un tipo a todas luces más fuerte que ella, que sin embargo cargaba un sobre lleno de plumas, agujas y otros chinches, dedicándose a fastidiarle la vida al prójimo, recordándole que 'no todos tenemos la suerte de un trabajo fijo'.

La suerte, sí. Cochina suerte la suya, ir a parar donde estaba, y con quien estaba. Al menos no le tocaba fingir que se moría del gusto: al muy imbécil ni se le pasaba por la cabeza de que alguien pudiera estar menos que dichoso en su presencia.

Hacía mucho calor, y cada vez que pasaba un bus de los grandes, la calle se estremecía un poco. Qué gracia recordar que la mayor parte de la ciudad era una isla flotante, hecha de años y años de rellenar el río con lo que fuera para ganarle terreno. Si un día al agua se le ocurriera cobrar venganza, marchaban todos.

Se estaba cansando. Grandiosa idea la de caminar, con lo cansada que estaba. Por lo menos ya nadie intentaba venderle nada. Su mamá hubiera ido feliz, comprando a cada esquina lo que le ofrecieran. Su mamá hubiera comprado polvo, si hubiera algún listo que le pusiera precio.

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Como siempre, conducir era una pesadilla. Tenía poca gasolina, y calculó que con mucha suerte le alcanzaría para llegar a la estación a unas cuadras de su casa. Media hora, larga y monótona, dándole más al freno que al acelerador.

Ni siquiera podía sacar una de las botellas que tenía en el asiento trasero -solo a él se le ocurría dejarlas allí- para tomar algo, porque al menor descuido el de adelante avanzaba, el de atrás pitaba, y se armaba la grande. El conductor de al lado tenía a todo volumen un estruendo de música tropical, y suficiente humo para cubrir la entrada triunfal de cualquier mago.

En la mitad de la avenida había una enorme valla en la que una modelo besaba una botella de cerveza, con la frase 'Refresca hasta el pensamiento'. Ya, claro, las neuronas te lo agradecen, seguro.

De repente, unas gotas cayeron sobre su parabrisas. Pero no era lluvia. Un niño con una botella plástica y una esponja estaba prácticamente sobre el capó, frotando el vidrio enérgicamente. Buscó automáticamente en la cajita de los documentos y encontró unas monedas. Se las dio. El niño dejó la limpieza a medio hacer y se fue. El lado derecho del parabrisas quedó embarrado de agua sucia, pero no por mucho tiempo: fueron reemplazadas por gotas enormes, agresivas, transparentes. Lluvia de febrero.

Al caer sobre la calle, se levantó una ola de vapor que hizo aún más insoportable vivir en ese momento.La luz cambió a verde y por fin avanzó unos metros. Tal vez si se desviaba por una calle secundaria, podría llegar, si no antes, con menos tedio.

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Ya llevaba tres o cuatro horas fuera de la casa. A su mamá le había dicho que un ratito, pero con cada momento le gustaba menos la idea de regresar. ¿A qué? No habría comida porque ella estaba enojada. Su papá tampoco iba a hacer nada más que ponerse a escuchar el fútbol por la radio. Nadie lo iba a extrañar hasta que fuera hora de sacar la basura y cerrar la puerta. Mejor así.

Al pasar por el parque vio a unas chicas que jugaban básquet. Parecían mayores que él. O quizá no. Quizá era simplemente que eran chicas demasiado altas, como casi cualquier chica de su edad se lo parecía. ¿Por qué tenían que crecer más y más rápido que él? Su madre era pequeñita, y su abuela todavía más.

Algunas chicas también lo vieron pasar, pero la mayoría lo ignoró. Unas pocas comentaron algo y se rieron con ganas. Esa era otra. ¿Por qué tenían que reírse así, como si se hubieran contado un chiste muy bueno pero no quisieran que él se enterara? Él y sus amigos no se reían de esa manera. Ellos eran más sinceros, se reían abiertamente y las llamaban en voz alta. Ellas siempre hablaban en susurros y luego se reían disimuladamente.

Siguió de largo, evitando volver a mirarlas; siguió hasta que sus risas se dejaran de escuchar, y solo cuando se dio cuenta de que estaba en una calle hasta la que nunca había llegado antes, al menos no solo, le sorprendió todavía poder escucharlas en su cabeza.

1 comentario:

El Manaba dijo...

Bien, me gusto. :)